A 45 años de un fin de semana deportivo inolvidable: del golazo de Maradona a River a la última carrera de Reutemann en Argentina

0
5

Y allí va Maradona. En esa carrera eufórica, con los brazos en alto. Con la lluvia, dándole un clima más épico aún a esa noche inolvidable. Diego corría paralelo a la línea de fondo en el área que da a la popular local de una Bombonera que deliraba como nunca. Un fotógrafo se salió de la línea de sus compañeros para tener el retrato exclusivo. Logró la toma, pero automáticamente el piso resbaloso le jugó una mala pasada y fue a dar con su humanidad en el césped, luego que el fogonazo de su cámara explotara en medio de la oscuridad que tenía la cancha de Boca en esos tiempos. Es una muy recordada y bella imagen futbolera. De las tantas que dejó ese Superclásico único, disputado el 10 de abril de 1981.

El gol de Maradona a Fillol. La culminación de una jornada redonda para el pueblo Xeneize. El momento que debe haber anhelado Don Diego, con ese corazón azul y oro que le latía desde la infancia, en su querido pueblo de Esquina, en la provincia de Corrientes. El mismo sueño de su hijo, desde que se puso por primera vez esa camiseta, apenas 45 días antes, haciendo realidad una quimera inalcanzable hasta para el más fanático, poco tiempo antes. Un verdadero milagro futbolero.

El histórico gol de Diego a Fillol, que puso el 3-0 definitivo. Tarantini hace un último esfuerzo, sin éxito

Porque ese Boca conflictuado y a la deriva de principios de año, apenas podía pretender una digna subsistencia para la temporada ‘81. Debía olvidarse de las grandes jornadas y la ropa de lujo, para transitar la austeridad y la modestia de la vestimenta de entre casa. Sin embargo, como aquel que tiene un golpe de suerte y de forma sorpresiva se saca la grande, la magia de Maradona se vistió de azul y oro.

Fue un fin de semana extraordinario para el deporte argentino. Cada vez que se sortea el torneo, la atención está centrada en saber en qué fecha se dará el Superclásico. En esta ocasión, con el bonus track de ser un choque con una constelación de estrellas de ambos lados. A eso se sumaba la disputa del Gran Premio de Fórmula 1, el domingo por la tarde en el autódromo.

Ese fue el motivo por el que el partido se adelantó al viernes por la noche. Pese a que en cancha estarían Kempes, Maradona, Passarella, Brindisi y Fillol, entre otros, ellos debieron ceder el centro de la atención a otro deportista, que era seguido con fruición por la mayoría de los argentinos. Esa era la importancia que, con justicia, se había ganado Carlos Alberto Reutemann.

Maradona gritando su gol. Es la famosa toma del fotógrafo que inmediatamente se resbala y cae al piso

El deporte de nuestro país atravesaba un momento brillante. Éramos vigentes campeones mundiales de mayores y juveniles, con un fútbol que asombraba al mundo. El Lole había alcanzado una enorme madurez y era el puntero del campeonato de Fórmula 1. Guillermo Vilas ya acumulaba siete temporadas en el más alto nivel y a él se le había sumado otra estrella, como José Luis Clerc. Ambos llevarían ese año a la Argentina a la primera final de la Copa Davis. Fue una temporada destacada también en el boxeo, con tres campeones mundiales en simultáneo: Sergio Víctor Palma, Santos Benigno Laciar y Gustavo Ballas.

El 22 de febrero, Diego debutó en forma oficial con la camiseta de Boca, produciendo un estruendo pocas veces vivido en el fútbol local. River no quiso ser menos y sumó, a su rico plantel, nada menos que a Mario Kempes, repatriado desde el Valencia y aún con el fresco recuerdo de sus gloriosas jornadas del Mundial ‘78.

Secuencia del primer gol de la noche marcado por Brindisi

A la inmensa expectativa por un cruce tan importante y plagado de figuras, se sumaba el hecho de las posiciones en la tabla, donde Boca era el líder con 16 puntos y River se ubica tercero con 13. Entre ambos, la gran revelación del torneo, el inesperado protagonista junto a los Xeneizes de aquel torneo del ‘81. El gran Ferro Carril Oeste de Carlos Timoteo Griguol. El que era acusado de mecanizado y poco propenso a dar espectáculo. Sin embargo, era un equipo sólido, casi sin fisuras y al que nadie quería enfrentarse. Allí hizo su primera gran aparición, que sería coronada un año más tarde, en el Nacional 1982, con el primer título de su historia.

Las entradas se agotaron muy pronto, porque la efervescencia era desbordante. A partir de allí comenzaron los rumores de una posible televisación en directo, en tiempos en que eso era una rareza, ya que solo se emitía el mejor partido de la fecha, el domingo por la noche, en diferido. Esa fue la modalidad en que pudo verse el Superclásico, a las 23 de ese mismo viernes.

La secuencia del segundo gol de Boca, convertido por Miguel Brindisi, que atravesaba un gran momento

El marco era para el mejor cuadro que se podía pintar. Estadio colmado y una lluvia de papelitos desde los cuatro costados que desafió la lluviosa noche, para cobijar la salida de los dos equipos. A partir del pitazo inicial de Arturo Iturralde, árbitro de mucha experiencia, que ya había dirigido varios Superclásicos y sería el representante de Argentina en el Mundial del año siguiente, se dio una batalla con mucho de pierna fuerte y poco de fútbol.

La primera emoción tuvo como protagonista a Maradona, quien se adelantó cinco años a su famosa “mano de Dios”, cuando con el puño izquierdo en alto, superó la salida de Fillol y convirtió con el arco libre. El juez no dudó en invalidar la acción y amonestar al número 10, quien a los pocos minutos escapó como puntero izquierdo, con un toque sutil dejó en el camino a Passarella, que lo derribó de manera violenta. Poco después, en apenas dos minutos, ambos se quedaron con un hombre menos. Primero fue Reinaldo Merlo el que vio la tarjeta roja, por un inexplicable puñetazo al estómago de Brindisi, con Iturralde a un metro. Enseguida se fue a los vestuarios el Pichi Escudero, por un golpe a Roberto Tarantini.

Para el segundo tiempo, se olvidaron de las infracciones y los roces y se dedicaron a jugar. Mejor Boca, con la sociedad Maradona – Brindisi, llegando mucho más que un River que se iba deshilachando, con un Alonso bien marcado por Krasouski y la potencia de Kempes en los últimos metros, pero sin compañía. Cuando se disputaban 10 minutos llegó el primer gol. Es una obra de arte (una más) de Diego, que arrancó en su campo, fue derribado dos veces con infracción, pero se repuso y siguió hacia adelante. Al borde del área, cedió a su izquierda para Perotti, que fue trabado por un rival y el rebote cayó en los pies de Brindisi, que definió con clase para vencer a Fillol.

La tapa de El Gráfico reflejando aquel fin de semana inolvidable

Ahí se terminó River. Muchos errores en todas las líneas, sumados a la ausencia de Merlo (era un jugador irremplazable en el esquema, porque hacía los relevos por todos, trabajando a destajo), que dejó un hueco que nadie pudo llenar. Por allí fue aprovechando Boca para comandar cada uno de sus letales contragolpes. Cinco minutos después del primero llegó el segundo. El zaguero José Luis Pavoni dio una mala entrega desde la derecha hacia el centro, dejando el balón en los pies de Perotti, quien con gran velocidad se la cedió a Brindisi. Ingresó unos metros en el área, midió el remate, y la colocó con su inmensa categoría junto al poste izquierdo de Fillol.

Aquella primera rueda de Brindisi fue de lo mejor de su brillante carrera. Con reminiscencia del esplendor del Huracán del ‘73. Ese medio campista que llenaba cada centímetro de césped con talento, clase y llegada al gol. Fue el socio ideal de Maradona, que no estaba en su mejor forma física en las primeras fechas del campeonato.

River tuvo un par de llegadas, pero que murieron en las seguras manos de Carlos Rodríguez, el arquero que suplantó a Gatti en gran parte del torneo. Hasta que a los 67 llegó el momento cumbre de la noche: Carlos Córdoba le quitó la pelota a Commisso en su posición de lateral izquierdo y se tuvo fe para pasar al ataque, cruzando la cancha en diagonal, eludiendo varios rivales. Cuando estuvo a la altura del área grande, casi como un puntero derecho se frenó, levantó la cabeza y sacó un centro preciso de zurda, que aterrizó cerca del punto penal. Allí estaba nada menos que Maradona. La bajó con delicadeza con la punta del botín izquierdo, hizo un enganche dejando a Fillol en el camino sin importarle el barro, como si el césped fuese una alfombra sin la menor irregularidad. Con Tarantini en la línea del arco, esperó un segundo y la acarició para depositarla con suavidad junto al poste.

El relato de Víctor Hugo fue grandioso. Quizás, su primer gran impacto desde la llegada del país. En su narración, floreció un “que sea, que sea, que sea”, en ese deseo que era patrimonio de cualquier futbolero ante la magnífica maniobra de Diego. Sin quererlo, estaba comenzando a sembrar la semilla de un futuro para varias generaciones que se volcaron al periodismo deportivo bajo su influjo.

Luego del grito de gol, se entregó a la descripción que entró en la historia: “Gol de Boca, Maradona. Diego Armando Maradona el mejor jugador de fútbol del mundo, tras una jugada inolvidable de Córdoba, que arrancó de izquierda a derecha, puso el centro para Maradona, la paró con la punta del zapato izquierdo y cuando le salió Fillol la enganchó, después pensó, que a la derecha que a la izquierda que donde la pongo. Y Maradona decidió tocarla abajo sobre el parante izquierdo del arco que da a la vieja casa amarilla. Y le doy tantos y tantos datos, porque pasarán muchos y muchos años, y los hinchas de Boca seguirán hablando de este gol de Diego (grande), Armando (más grande), Maradona”.

La consagración de Carlos Reutemann en el autódromo de Buenos Aires como verdadero ídolo popular

Dos días más tarde, tembló el autódromo con la Fórmula 1. Reutemann se afianzó como líder del campeonato al finalizar en el segundo puesto, detrás de Nelson Piquet y su Brabham fuera de la ley, con un efecto suelo que no fue sancionado como debía. La fiesta fue completa cuando Lole subió al podio y la banda designada para ejecutar los himnos, tocó el feliz cumpleaños para ese hombre, que aquel 12 de abril del ‘81, festejó sus 39, recibiéndose definitivamente de ídolo popular. Nadie podía prever que sería su última competencia en Argentina en la máxima categoría.

Uno concluye que aquellos tiempos fueron maravillosos. Y da las gracias por haberlos vivido. Todos los protagonistas fueron claves para un año imborrable. Boca campeón del torneo de primera división de la mano de Maradona. Kempes reverdeciendo sus laureles, para llevar a River a ganar el Nacional. Y el gran Carlos Alberto Reutemann, que nos hizo vibrar hasta la última competencia, aquella fatídica en el Cesar Palace de Las Vegas, donde la ruleta le cantó un doloroso segundo puesto. Lo que pasa en Las Vegas, queda en Las Vegas. Ese segundo puesto quedó allí. Para nosotros fuiste y serás por siempre un campeón.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí