Memoria histórica, obsequios, homenajes, celebraciones y arte: una muestra de la cartografía escultórica de Buenos Aires

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Desde 1952 en medio de los Bosques de Palermo se encuentra el predio de Monumentos y Obras de Arte (MOA), también conocido como

En Buenos Aires las estatuas no decoran: cuentan. Son páginas de bronce y mármol que narran ambiciones, homenajes, caprichos políticos y gestos diplomáticos. La ciudad que suele mirarse en el espejo, con un poco de bruma, de París, guarda en sus plazas y parques un museo al aire libre donde conviven fragmentos de la antigüedad clásica, próceres modelados por los más grandes escultores europeos, fuentes monumentales que viajaron en barco desde fundiciones francesas y hasta personajes de cuentos infantiles que, lejos de ser ingenuos, también hablan de una época y de una sensibilidad urbana. Entre ellas hay piezas antiquísimas, otras gigantescas y algunas que, como en una novela, fueron desmontadas, dispersadas y hoy esperan ser reunidas como un rompecabezas patrimonial.

Si se pregunta cuál es la escultura más antigua que posee la ciudad la respuesta obliga a distinguir. El monumento más antiguo erigido en Buenos Aires es la Pirámide de Mayo (se la llama “Pirámide” por herencia histórica y por el lenguaje político de comienzos del siglo XIX. No es una pirámide egipcia ni un obelisco clásico puro: es un monumento conmemorativo híbrido, hijo de su tiempo). Inaugurada en 1811 para celebrar el primer aniversario del primer gobierno patrio. No nació con su fisonomía actual. Fue reformada en 1856 por Prilidiano Pueyrredón y coronada con una figura alegórica de la Libertad realizada por el escultor francés Joseph Dubourdieu. Desde entonces, en el corazón de la Plaza de Mayo, la Pirámide funciona como kilómetro cero simbólico de la nación. El historiador de arte Héctor Schenone escribió que “la Pirámide no es solo un monumento: es la persistencia material de la voluntad de ser Estado”. Es, en efecto, la obra pública más antigua levantada en la ciudad con intención conmemorativa.

Pero si se habla de antigüedad en términos materiales, hay un objeto aún más remoto: un fragmento de columna romana emplazado en Plaza Italia. Se trata de un trozo de columna clásica, traído como pieza arqueológica y donado a la ciudad, cuya datación se remonta a una antigüedad de 2.000 años y que fue extraída del Foro Romano, recordado como un punto muy concurrido de la antigüedad. No fue tallado en Buenos Aires ni concebido para ella, pero es el vestigio más antiguo físicamente presente en el espacio público. Ese fragmento, silencioso y casi inadvertido para los transeúntes, conecta la capital rioplatense con el mundo clásico, como si un pedazo del foro de Roma hubiera recalado en Palermo. Fue donado en 1955 por la Alcaldía de Roma a Buenos Aires.

La ciudad alcanzó su verdadera vocación escultórica a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En esos años de prosperidad agroexportadora y oleadas inmigratorias, las élites porteñas importaron modelos europeos con fervor. Se encargaron monumentos a artistas franceses e italianos, se compraron piezas a fundiciones prestigiosas y se poblaron parques con alegorías, próceres y fuentes. El espacio público se convirtió en escenario de una pedagogía cívica hecha de bronce.

La Pirámide de Mayo, el monumento más antiguo erigido en Buenos Aires, fue inaugurada en 1811 para celebrar el primer aniversario del primer gobierno patrio

Entre las obras más célebres figura El Pensador, fundido a partir del modelo de Auguste Rodin. La escultura, instalada hoy en las inmediaciones del Congreso, es una de las fundiciones autorizadas realizadas desde el molde original del artista. Llegó a Buenos Aires en 1907 por iniciativa de Eduardo Schiaffino, primer director del Museo Nacional de Bellas Artes, quien entendía que la ciudad debía dialogar con la gran escultura europea. Rodin había concebido la figura como parte de La Puerta del Infierno, inspirada en Dante. El hombre desnudo, inclinado hacia adelante, con el mentón apoyado en la mano, no representa solo el pensamiento abstracto: es, en palabras del propio Rodin: El hombre que medita sobre su destino. Que una ciudad joven del sur tuviera una pieza de ese linaje artístico fue una declaración de aspiraciones culturales.

También de Rodin es el Monumento a Domingo Faustino Sarmiento, emplazado en Palermo. Inaugurado en 1900, el conjunto generó polémica por su tratamiento expresivo y por la ubicación elegida. Rodin modeló a Sarmiento con una fuerza casi turbulenta, lejos de la serenidad académica. El crítico francés Camille Mauclair señaló que la obra revelaba “una energía volcánica”. En Buenos Aires, algunos contemporáneos la consideraron demasiado audaz. Con el tiempo, esa tensión se transformó en uno de sus mayores valores: la ciudad posee no una copia, sino una obra concebida por el propio maestro francés.

Otra historia singular es la de la Estatua de la Libertad porteña”, ubicada en Barrancas de Belgrano. Se trata de una versión realizada en los talleres de la fundición Val d’Osne, basada en el modelo de Frederic Auguste Bartholdi. Fue inaugurada en 1886, semanas antes de que la célebre estatua neoyorquina se presentara oficialmente en el puerto de Nueva York. No es una reproducción tardía sino una pieza contemporánea del proyecto original. El historiador Alberto de Paula recordaba que la Argentina de entonces buscaba exhibir su adhesión a los ideales republicanos y liberales, y qué mejor símbolo que la figura que alza la antorcha.

Si se pregunta cuál es la escultura más grande de la ciudad, la respuesta conduce al Monumento a los Españoles, oficialmente llamado Monumento a la Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas. Inaugurado en 1927, alcanza más de 25 metros de altura y domina la intersección de Libertador y Sarmiento. Concebido por el escultor español Agustín Querol y continuado por Cipriano Folgueras tras la muerte del primero, el conjunto es un despliegue de mármol de Carrara, figuras alegóricas y relieves. Es uno de los monumentos más imponentes de Buenos Aires, tanto por escala como por complejidad escultórica.

En materia de fuentes, la mayor en dimensiones integradas a un conjunto monumental es la del Monumento de los Dos Congresos, la cual hace referencia a la Asamblea del año XIII y al Congreso de Tucumán de 1816, frente al Palacio Legislativo. Inaugurada en 1914, la composición incluye una gran fuente central con esculturas que representan a la República y alegorías fluviales. El agua, el bronce y la piedra dialogan en una escenografía que buscaba equiparar la Avenida de Mayo con los grandes ejes cívicos europeos. El arquitecto y urbanista Jorge Tartarini ha señalado que “la fuente del Congreso sintetiza el ideal de la Buenos Aires monumental: orden, simetría y pedagogía republicana”.

Pero ninguna fuente tiene una historia tan novelesca como la llamada Fuente Monumental, que alguna vez se alzó detrás de la Casa Rosada, en el Parque Colón. Era una pieza de hierro fundido adquirida a la casa Val d’Osne, similar en diseño a otras instaladas en ciudades latinoamericanas. Con sus figuras marinas, mascarones y columnas ornamentales, superaba los doce metros de altura. En la década de 1920 fue desmontada para dar lugar al monumento a Cristóbal Colón. Sus partes fueron dispersadas por la ciudad: algunas terminaron en plazas, otras en depósitos, otras integradas a fuentes menores. Durante décadas se creyó que la obra se había perdido para siempre. Investigaciones recientes permitieron identificar sus fragmentos y proyectar su recomposición en el Parque Tres de Febrero. Es un caso emblemático de cómo el patrimonio puede fragmentarse y, al mismo tiempo, renacer.

Y es precisamente en el Parque Tres de Febrero donde se encuentra uno de los monumentos más curiosos y entrañables del paisaje porteño: la escultura de Caperucita roja. La escena representa el momento en que la niña se encuentra con el lobo. La obra fue realizada por el escultor francés Jean Carlus e instalada en 1937 como parte de una serie dedicada a personajes literarios infantiles. En un parque asociado a próceres, a columnas exóticas y a monumentos de estado, la presencia de Caperucita introduce una dimensión distinta: la del imaginario popular, la pedagogía moral del cuento y la infancia como territorio simbólico. El historiador del arte José María Peña solía decir que “Buenos Aires no solo monumentaliza héroes; también monumentaliza relatos”. La figura de la niña con capa y el lobo acechante no es un adorno ingenuo, sino una pieza que recuerda la importancia de la literatura en la formación cultural.

En ese mismo parque se encuentra la llamada Columna de Persépolis. Es una réplica de una columna con un capitel aqueménida de las que hay en el Palacio de Ciro II el Grande, que estaba ubicado en la capital del Imperio Persa hacia el año 550 a.C. y fue donada por el último Sha de Persia, en 1965. Su presencia en Buenos Aires habla de una tradición de intercambio cultural donde las ciudades se regalan símbolos como gesto de amistad y reconocimiento mutuo.

Con más de 25 metros de altura, el Monumento a los Españoles, oficialmente llamado

Así, entre fragmentos griegos, alegorías francesas, obsequios persas y personajes de cuentos europeos, Buenos Aires compone una cartografía escultórica heterogénea. Cada obra tiene su biografía: quién la encargó, en qué contexto político fue erigida, qué debates generó. Algunas, como la Pirámide de Mayo, fueron escenario de celebraciones y protestas. Otras, como el Sarmiento de Rodin, atravesaron críticas y vindicaciones. Otras, como la Fuente Monumental, conocieron el olvido y la dispersión. Y otras, como Caperucita roja, invitan a detenerse y recordar que la ciudad también se construye desde la imaginación.

El escritor e historiador Félix Luna decía que “las estatuas son las cicatrices visibles de la memoria”. En Buenos Aires esas cicatrices brillan bajo el sol o se oscurecen con el smog, pero siguen allí. Desde la antigüedad clásica incrustada en Plaza Italia hasta la monumentalidad del Monumento a los españoles, desde el pensamiento concentrado de Rodin hasta la antorcha alzada en Belgrano, desde la fuente desmembrada que busca recomponerse hasta la niña del cuento que dialoga con el lobo, la ciudad se narra a sí misma en bronce y piedra. Y en ese relato conviven el deseo de eternidad y la fragilidad de la historia, siempre sujeta a traslados, desmontajes y nuevas lecturas.

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