Fumaba 40 cigarrillos por día, perdió la visión y llegó a la cima del Aconcagua: “La vida no termina con un diagnóstico”

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El frío era extremo, los dedos dolían a pesar de los guantes. En un momento mi mente me jugó una mala pasada y dudé si iba a llegar”. Así describió José Luis Santero su experiencia escalando el Aconcagua. El atleta, oriundo de Lomas de Zamora, logró un hito deportivo tras llegar a la cima de la montaña más alta de América, pese a su discapacidad visual. El ascenso al pico de 6.962 metros se concretó en febrero, tras un proceso de entrenamiento y adaptación que le demandó años.

Santero perdió la visión a los 35 años, pero redirigió su vida y su carrera al deporte de montaña, desafiando todas las adversidades físicas y emocionales asociadas a la retinosis pigmentaria. El proyecto de alcanzar el Aconcagua nació luego de que, debido a su condición, no pudo participar en una carrera.

En diálogo con Infobae en Vivo Al Amanecer relató que esa experiencia lo acercó a la montaña: “Después de que no me permitieron participar debido a mi condición, decidí explorar la montaña. Descubrí una pasión que no conocía”, contó en una entrevista exclusiva.

El diagnóstico de su discapacidad llegó dos décadas atrás. “Cuando me diagnosticaron retinosis pigmentaria, aún no era ciego. Me dijeron que podía llegar a perder la visión, y fue un golpe duro en ese momento”, recordó. Con apoyo de su familia y profesionales, Santero transitó el proceso que, lejos de limitarlo, lo estimuló a tener nuevas metas.

El desafío de escalar el Aconcagua sin visión

Santero explicó que nunca había conocido el Aconcagua cuando veía. Su vínculo con la montaña comenzó después de perder la visión, lo que hace todavía más notable el desafío que emprendió. Sobre el proceso de preparación confesó: “Soy atleta desde hace muchos años y tengo mucha resistencia, pero hay algo que no se puede entrenar: la altitud. Cuando vas subiendo, la reacción del organismo es imprevisible”.

El ascenso de Santero al Aconcagua implicó 13 días de subida y 2 jornadas de descenso a pie enfrentando condiciones climáticas extremas (Gentileza Santiago Medina)

El ascenso demandó trece días, y luego de alcanzar la cumbre, el equipo realizó el descenso en dos jornadas, sumando un total de quince días en la montaña. “La expedición llevó trece días de subida. El día trece hicimos cumbre y dos más para bajar. Es una expedición muy larga”, señaló.

Durante esos días, debió enfrentar condiciones climáticas extremas: “Durante los primeros quince días, varias expediciones no lograban llegar debido al clima”, afirmó.

En la jornada de cumbre, el trayecto fue especialmente exigente: “Ese día estábamos a seis mil metros y tardamos once horas en llegar a la cima. La travesía tenía mucha nieve y viento. El clima es determinante y limita mucho el ascenso”, precisó.

Estrategias, acompañamiento y superación personal

Santero realizó la travesía acompañado por su guía Santiago y con un sistema de bastón guía, una herramienta fundamental para las personas con discapacidad visual en ambientes extremos: “Uso un bastón guía, que tiene una empuñadura en cada extremo. Con una mano lo sostengo y con la otra llevo un bastón de trekking”, detalló.

Sobre la diferencia en equipamiento respecto a un deportista que ve, aclaró que solo utiliza el bastón guía además de los elementos convencionales, como grampones y casco. A lo largo del ascenso, Santero enfrentó momentos de miedo, especialmente en tramos complejos como la travesía. “El recurso que utilizo es saber que ese miedo es pasajero. Es un momento que va a pasar”, explicó.

El esfuerzo no solo fue físico, sino también mental. Santero, con historia previa de tabaquismo y obesidad, realizó un cambio total en su vida: “Llegué a pesar más de 100 kilos y fumaba cuarenta cigarrillos por día. Un médico del Sanatorio Güemes me hizo reflexionar y dejé de fumar después de esa consulta”, relató.

El logro en la cumbre del Aconcagua fue celebrado por otras expediciones y significó una victoria física y emocional para Santero frente a la adversidad
Gentileza Santiago Medina

Destacó el papel fundamental de su pareja, Lorena, en su vida y proyectos deportivos: “Ella es todo para mí porque me acompaña en todos mis objetivos y sueños. No es aficionada a la montaña, pero me acompaña en algunos entrenamientos.

En detalle contó: “Dirigimos juntos un grupo de entrenamiento en Lomas de Zamora”. Llevan juntos dieciocho años, y Santero recordó: “Cuando nos conocimos, yo ya usaba bastón verde debido a baja visión, pero todavía podía ver”.

Dificultades en la cumbre y motivaciones profundas

El tramo final del ascenso incluyó desafíos extremos. A seis mil metros, en el último campamento, uno de los tres integrantes de la expedición decidió regresar por el frío intenso y el cansancio, condiciones que incluyeron temperaturas de hasta treinta grados bajo cero.

Fue un golpe duro que bajara, seguimos mi guía y yo. El frío era extremo, los dedos dolían a pesar de los guantes. En un momento mi mente me jugó una mala pasada y dudé si iba a llegar, pero mi guía me tranquilizó y seguimos”, narró Santero.

La llegada a la cumbre fue especialmente emotiva: “Alcanzar la cima significó para mí un logro enorme. Nunca busqué ser el primer ciego argentino en lograrlo, pero fue un esfuerzo físico y mental muy grande”. Al lograrlo, otras expediciones aplaudieron su logro. Santero subrayó: “Fue un logro muy significativo porque nunca consideré la ceguera una limitación para soñar”.

El deportista reconoció que parte de su motivación se relaciona con la memoria de su madre fallecida en 2007: “Cada vez que subo una montaña siento que ella me extiende sus brazos y me acerco a ella”, expresó.

Rutina, alimentación en la montaña y próximos desafíos

Consultado por la rutina de entrenamiento, Santero indicó: “Entreno seis días a la semana y tres veces por semana hago gimnasio, que es fundamental para el Aconcagua. Pero la altura solo se vive en el lugar”. Sobre la alimentación en la expedición, diferenció: “En los primeros campamentos se come muy bien si vas con una empresa. En los de altura, solo comida deshidratada. Frutas, guisos y sopas, porque se reduce el apetito por la altitud”.

El descenso lo realizaron a pie, en dos jornadas de diez horas: “La mayoría de las expediciones, sobre todo extranjeras, descienden en helicóptero, pero nosotros bajamos caminando”, relató.

Sobre futuros objetivos, Santero adelantó: “Hay una montaña difícil en Argentina, el Sosneado, de casi 5.200 metros, con apenas veintitrés cumbres documentadas. Ese es el siguiente objetivo”, anticipó.

Para quienes enfrentan una discapacidad, Santero dejó un mensaje claro: “Un diagnóstico no es una sentencia. Todos podemos tener sueños, y la vida no termina con un diagnóstico. El entorno es fundamental, pero lo principal es no dejarse estar y siempre ir por más”.

La historia de José Luis Santero revela determinación y disciplina en el camino hacia la superación personal y deportiva.

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