
“Llegó Argentina, empezó el Mundial”. La frase recorrió el planeta. La pronunció Sergio Peláez, el jefe de prensa de la Copa del Mundo, el lunes 5 de mayo de 1986, cuando el avión que transportaba a la delegación nacional desde Tel Aviv, aterrizó en el aeropuerto internacional Benito Juárez de la capital azteca. No era un arribo más. Allí estaba llegando un plantel golpeado, en estado de conmoción y lleno de incertidumbre, tanto dentro como fuera de la cancha. Sin embargo, ese sería el punto de partida de una resurrección casi increíble. Poder estar 30 días juntos, le iba a hacer muy bien a ese grupo de jugadores y al entrenador, Carlos Salvador Bilardo, en vistas del gran objetivo.
Las dudas de la Selección. Aunque también podríamos escribir las dudas en la Selección. Luego del ajetreado abril, con la palabra “polémica” adherida en cada momento. El intento de echarlo al Narigón y la lista definitiva, que desató una incontable cantidad de declaraciones en su contra, que no ayudaban en nada. Como tampoco lo hacían las flojas actuaciones de la primera gira a fines de marzo (Francia – Nápoli – Grasshopers) y el saldo de la segunda.

El jueves 24 de abril habían partido desde Buenos Aires hacia los dos compromisos. El primero fue el jueves 30 en la fría Oslo frente a Noruega. Un amistoso contra una selección de menor nivel y que había quedado fuera del Mundial. El ideal para recobrar la confianza y apuntar con más optimismo la recta final hacia México. Pero nada de eso sucedió. Otra vez un equipo inconexo, dubitativo, que parecía no entender lo que pretendía el entrenador. Fue una dolorosa derrota 1-0, que hacía aumentar los agoreros presagios en que estaba envuelto el equipo. Fue tocar fondo.
Dos días antes, había explotado la central nuclear de Chernobyl en Ucrania. Fue una catástrofe mundial, que afectó a varios países, entre ellos, Suecia, Finlandia y Noruega. Por suerte, ninguno de los argentinos (jugadores, cuerpo técnico y periodistas) fueron afectados por el escape radioactivo. Pero una pesada nube parecía haberse posado por sobre ese grupo a la deriva en el plano futbolero, intoxicado por una parte de la prensa, que sostenía su idea en contra de Bilardo.

Luego de un breve descanso, llegó el viaje para unir Oslo con Tel Aviv, la cita siguiente de la gira. De manera tan increíble como inesperada, algo se modificó en la delegación, como lo detalló la crónica de la revista El Gráfico: “En esa travesía, con escala en Amsterdam, fue el rato más alegre de la semana. Se vio a Clausen reír, a todos hablar naturalmente con los periodistas. A los jugadores tirarse papelitos y llamar Camello a Pumpido y Caballito a Brown, tirarse del pelo y juguetear, mientras caminaban por el insuficiente pasillo del avión. Algo había cambiado. Como testimonio de una respuesta espontánea, individual, pero milagrosamente coordinada, donde los cuerpos y las almas de la selección parecían revivir, haber pasado la etapa de circunspección, entrando plenamente en la alegría responsable”.
El viernes 2 en horas de la mañana, el plantel fue recibido por el Primer Ministro Israelí, Simón Peres. Más tarde, en la ciudad de Jerusalem, Bilardo dio la autorización (algo poco habitual en él, permitir ese tipo de actividades) para visitar el Muro de los Lamentos y el Santo Sepulcro. Se respiraba un ambiente distinto. Ahora había que salir a la cancha a cumplir con el compromiso deportivo.

Pumpido en el arco. Passarella como líbero con Ruggeri y Garré actuando de stoppers sobre los dos hombres de punta rivales. El Vasco Olarticoechea en su antigua función de lateral derecho, con total libertad para pasar al ataque. En el medio, Giusti y Batista para cortar, más adelantados Burruchaga y Maradona, con Borghi y Almirón como delanteros.
El primer tiempo terminó con un apretado 2-1 y que se convirtió en sorprendente empate a los cuatro del segundo. Fueron diez minutos de confusión, contra un cuadro que era menos, aún, que Noruega. Pero bastó que Almirón pusiera el 3-2, para que el equipo comenzara a funcionar de otro modo. Con encuentros asociados, circulación y buen toque de pelota, hasta certificar un concluyente 7-2. Una victoria que templó los ánimos allí y que pasaría a ser la cábala de la selección argentina previa a cada Copa del Mundo en las tres ediciones siguientes.

En su autobiografía “Doctor y campeón”, Carlos Bilardo recordó cómo fueron los primeros momentos en suelo mexicano: “Nos instalamos en el predio del club América. Una parte de los jugadores se alojó, en parejas, en las habitaciones del edificio principal, donde concentraba habitualmente el equipo local: Pumpido – Olarticoechea, Bochini – Giusti, Borghi – Cuciuffo, Garré – Zelada, Maradona – Pasculli, Tapia – Enrique, Islas, Batista. En esa sección también estuvieron Pachamé, el doctor Madero y el profe Echavarría. En la parte nueva, donde se habían levantado las habitaciones con paneles de madera, a la que llamábamos “La isla”, y que fue desmontada al finalizar el campeonato, nos hospedamos Passarella – Brown, Trobbiani – Valdano, Ruggeri – Almirón y yo solo, el único que no compartía pieza, en un cuarto que era muy chico. Tenía dos metros por tres y un bañito. Entraba una cama y un perchero para colgar ropa. Nada más, pero para mí era suficiente. La peor habitación siempre debe ser la del técnico, porque es el que menos necesita descansar”.
Todos podemos suponer que no fue una estadía placentera para el Narigón, más allá que los resultados luego iban a acompañarlo. Era algo intrínseco en él, vivir así el fútbol, y por ello fueron días especiales: “En mi cuarto tuve que dormir en el piso porque el elástico de la cama estaba vencido: lo saqué, tiré el colchón al piso y dejé la cama parada contra la pared. En realidad casi no dormí por dos meses. Para estar atento a todo, apenas descansaba dos horas al momento de la siesta, de 14 a 16. Le decía a Pachamé: ‘Ahora quedate vos levantado’. A la noche dormitaba una o dos horas, nada más. Una rutina que mantuve fue visitar los cuartos de los jugadores antes que se durmieran. Así, mantuve extensas charlas con todos, no solo referidas a los entrenamientos o las disposiciones tácticas para los partidos”.

Se respiraba un muy buen clima en la concentración del América. El grupo parecía ir haciéndose más sólido día a día, soñando con el gran objetivo. Solo abandonaron el predio para viajar a Colombia, porque tenían que enfrentar al Junior en Barranquilla, en el último amistoso previo al Mundial. Finalizó 0-0, pero fue una gran injusticia, porque la Selección mereció golear, hecho que fue evitado por la grandiosa actuación de Carlos Goyén, el ex arquero de Independiente, que tuvo una noche perfecta. El equipo estaba dejando en claro los grandes progresos en el funcionamiento, como preludio de los que se iba a vivir en la Copa del Mundo.
Pero lo más importante ocurrió fuera de la cancha. En uno de los salones del hotel donde se hospedaron, se produjo una reunión en la que solamente estuvieron los 22 jugadores. Había varios puntos que aclarar y ese cónclave terminaría marcando un antes y un después. Como lo recordó Diego Maradona en su autobiografía: “Yo llegué 15 minutos tarde a una reunión junto con los rebeldes, que éramos, según Passarella: Pasculli, Batista, Islas y yo. Entonces nos comimos un discurso de él, muy a su estilo, bien dictador, donde me recriminaba que un capitán no podía llegar tarde. Lo dejé hablar hasta que le pregunté si había terminado. ‘Entonces, ahora vamos a hablar de vos’, le respondí. Y conté delante del plantel lo que era él. Y se armó un lío grande, porque en aquella selección había dos grupos. Passarella le había llenado la cabeza a Valdano y a Bochini, diciéndoles que habíamos llegado tarde porque estábamos tomando falopa. Allí dije: ‘Yo asumo que tomo, pero acá hay otra cosa, porque en este caso no lo estuve haciendo. Además, estás mandando al frente a los pibes que están conmigo y no tienen nada que ver. ¿Entendiste buchón?’“.

Fue el punto final para la relación entre ambos que nunca más se reanudó. Unos días más tarde, ambos posaron juntos para una histórica tapa de la revista El Gráfico donde se los puede ver con típicos sombreros mexicanos. Los dos se habían comprometido a hacerla, porque sería la portada de la edición previa al inicio del Mundial. Cumplieron su palabra y estuvieron allí, pero sin dirigirse la palabra en ningún momento.
Más allá del picante contrapunto entre las dos grandes figuras, aquella reunión en tierras colombianas, le hizo muy bien al grupo y lo terminó de fortalecer. En los días posteriores, los entrenamientos eran con buena onda y se veían los resultados en trabajos coordinados dentro de las prácticas. En ese laboratorio del doctor Bilardo, se fueron puliendo detalles tácticos, de pelota parada, relevos y sincronía, sobre todo en la última línea, que comenzaba a ensayar el sistema 3-5-2, con el que sorprendería ya en plena competencia.

Faltaba poco para el debut y se produjo otro momento clave, que reveló Daniel Passarella: “El shock que tuvo el equipo fue un 25 de mayo. El día anterior, vino el empresario Jimmy Goldsmith y me preguntó si yo cumplía años el 25. Cuando le respondí que sí, me dijo que él también y que debíamos hacer una fiesta. Efectivamente se hizo y ahí Bilardo se puso a bailar, llamándonos la atención a todos, que desconocíamos que era algo que le gustaba. Entonces algunos de los muchachos se sumaron y la cosa se puso muy alegre. Hasta el punto que todos cantábamos ‘Borombombón es el equipo del Narigón’. Cada vez que lo vi a Bilardo, después de eso, le dije que ese día había ganado el Mundial”.
Se acercaba la hora. En el último día de mayo del ‘86, el Mundial levantó el telón con el empate en un tanto entre Italia y Bulgaria, dos de los rivales del grupo de Argentina, que tendría su debut ante Corea del Sur el lunes 2 de junio. La Selección ya llevaba casi un mes en suelo mexicano, desde aquel momento en que fue recibida por el jefe de prensa, que anunciaba que con su presencia, había comenzado el torneo. En ese mismo momento, aquel 5 de mayo, consultado por los periodistas, el doctor Bilardo dejó una sentencia premonitoria: “Fuimos los primeros en llegar, porque seremos los últimos en irnos”…



