
Contaba que allá por el año 1905, su padre, el dramaturgo y poeta anarquista José González Castillo, había “secuestrado” a su madre, Amanda Bello, para casarse con ella. Y la sacó de los alrededores de la ciudad de La Plata donde vivía, para poder formar una familia con ella sin que nadie se opusiera. “Se fueron a vivir a Buenos Aires a una casita de la calle Castro 947. Yo nací el 6 de agosto de 1906, a las cinco de la tarde. Caía una lluvia tremenda y hacía un frío de la Madonna”, contaba Cátulo Castillo en una entrevista.
La historia de El poeta del tango, como se lo conoció más adelante, había sido épica desde el minuto cero. Quizá por eso, su mente, su alma y su pluma le permitieron escribir piezas célebres como Tinta roja y Caserón de tejas, con música de Sebastián Piana, La última curda, María y Desencuentro, con Aníbal Troilo, Café de los Angelitos, con José Razzano, o El último Café, con Héctor Stamponi, entre tantas otras, por las que sigue siendo recordado a más de medio siglo de su muerte.
Pero, volviendo a sus orígenes, todo fue digno de un cuento literario. “Mi padre trabajaba en los Tribunales, y un amigo suyo, Edmundo Montagne, también poeta, le avisó: ‘Pepe, ha nacido tu hijo Cátulo’. Ese amigo ya tenía previsto el nombre. Mi padre corrió a la casa, me quitó de al lado de mi madre, me sacó los pañales, salió al patio, me puso debajo de la lluvia y exclamó: ‘¡Hijo mío, que las aguas del cielo te bendigan!’. A causa de tanto lirismo y ritual anarquista, me pesqué una pulmonía que me tuvo durante tres o cuatro meses entre la vida y la muerte”, recordaba.
Entonces llegó la anécdota que explica el por qué Ovidio Cátulo González Castillo, tal como figuraba en su documento, fue anotado con un nombre tan particular. En realidad, cuando llegó al Registro Civil, su padre dijo que quería llamarlo Descanso Dominical. ¿El motivo? Que recientemente se había promulgado la ley por la que tanto habían luchado y que le otorgaba a los trabajadores un día libre en la semana. El hombre quería que ese logro quedara plasmado en su hijo. Pero, obviamente, no se lo permitieron.

Su padre se enfureció. Y casi se va a las manos con el empleado encargado de anotar a la criatura. Pero sus amigos lograron calmarlo. Y, finalmente, le terminó poniendo los nombres de dos poetas romanos, seguro de que su hijo seguiría su mismo camino. Tuvo razón, pero solo en parte. Porque Cátulo se dedicó a las letras, como su padre, pero en lugar de seguir una línea anarquista se hizo peronista. De hecho, durante el primer gobierno de Juan Domingo Perón, ejerció el cargo de director de la Comisión Nacional de Cultura, lo que tras el golpe de Estado de 1955 le valió la persecución. Y junto a Héctor Maure, Nelly Omar, Chola Luna, Anita Palmero y Hugo del Carril, entre otros, entró en las famosas “listas negras” que no les permitían trabajar. Pero no se fue.
Él ya sabía de exilio. De hecho, en 1910, su familia había tenido que mudarse a Chile. “Recalamos en Valparaíso, buenos años los pasé mirando el Pacífico. Cuando en Buenos Aires, en el teatro Nacional, a mi padre le estrenaron su sainete La serenata, había pasado el peligro y regresamos”, recordaba Castillo, que luego gracias a la buena repercusión que tenían las obras de su padre pudo mejorar su calidad de vida. Entonces comenzó a tomar clases de piano y violín con el maestro italiano Juan Cianciarulo y, luego, entró a estudiar música en el Conservatorio Bonaerense.
Pero su mayor fuerte sería la poesía. “Muy pronto comencé a componer y también a escribir llevado por mi admiración por Rubén Darío. Mi padre me enseñó mucho, gracias a él tuve una formación culta. Cosa extraña: él que adoraba a sus clásicos, era un gran autor de sainetes lunfardos. Todo lo que sabía lo convertía en expresión porteña”, contaba. Y recordaba que, un día, había llegado a su casa y se encontró ni más ni menos que con el autor de Cantos de la vida y esperanza, que había ido a comer invitado por su progenitor. Él lo observó detenidamente, analizando cada uno de sus movimientos: su manera de fumar cigarro, su forma de tomar champagne… Y, poco después, sorprendió con sus primeros versos, dejando en claro que su futuro estaba marcado.

A Carlos Gardel también lo había conocido de chico gracias a su padre. Pero en 1928 viajó a Europa y se reencontró con él en Francia. “Él admiraba mucho a Tita Ruffo y otros cantantes italianos. Se metió en la claque del Teatro Coliseo sólo para escuchar a los grandes artistas, cómo impostaban las voces y otras cosas, luego ensayaba en su casa. Con el paso del tiempo me grabó ocho títulos: Organito de la tarde, Acuarelita de arrabal, Aquella cantina de la ribera, Caminito del taller, Corazón de papel, Juguete de placer, La violeta y Silbando”. Y, obviamente, la voz de El Zorzal Criollo ayudó a potenciar su carrera.
Estuvo casado con Amanda Peluffo, con quien se radicó en el Gran Buenos Aires a mediados de la década de 1950. Justamente, en la época en la que el gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu había prohibido pasar sus temas, le negaba la posibilidad de dar clases y impedía cobrar sus derechos de autor. Y, en tiempos en los que había muy poca conciencia en relación a este tema, fundó con ella el Movimiento Argentino de Protección Animal (MAPA). De hecho, cuentan que en su casa albergaba decenas de perros, gatos y otras especies. Y que hasta había aprendido algunas nociones de veterinaria para poder atenderlos.
Los años 60 lograron reivindicarlo. Ahí retomó su actividad plena, incluyendo sus cátedras universitarias que le permitieron jubilarse como profesor. Hasta que, en 1974, fue declarado Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires. Y, al recibir su reconocimiento, decidió relatar una fábula que decía: “El águila y el gusano llegaron a la cima de una montaña. El gusano se ufanaba de ello. El águila aclaró: ‘Vos llegaste trepando, yo volando’. ¿Pájaros o gusanos? He aquí una pregunta clave”.
Murió de un infarto, a los 69 años, el 19 de octubre de 1975. Pero su obra, esa misma que los militares habían querido borrar, sobrevivió a su partida y continúa viva gracias a incontables artistas que la siguen grabando. Y, sobre todo, a los amantes del tango que valoran el aporte que Cátulo le hizo al género, al que le agregó su poesía profunda, su lenguaje literario y su mirada existencial.



