Inicio ARGENTINA & EL MUNDO “Me daba miedo disfrutar de algo que podía perder”

“Me daba miedo disfrutar de algo que podía perder”

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Parado frente al espejo, me “semblanteaba”, como me gustaba decir. Trataba de descubrir en mi propia mirada qué mujer me gustaría encontrarme esa noche. Hacía un año y medio que me había separado y, en ese tiempo, pude aprender bastante sobre el arte de la seducción. También había empezado a entender algunas cosas que durante mi matrimonio pasé por alto: una mujer necesita sentirse elegida todos los días, no solo al principio de una relación. Se ve que no lo tuve en cuenta y que para mi mujer me convertí en un plomazo; por eso ella terminó eligiendo otro camino y, por lo que podía ver, le iba muy bien. Se la veía radiante.

Ya no tenía sentido lamentarme, sino aprender. Durante los primeros meses salí con mujeres más jóvenes, encuentros que muchas veces me resultaron complejos porque con el tiempo descubrí que la sola atracción física no me alcanzaba. Necesitaba ir más allá de las primeras impresiones, tener una conversación sincera y disfrutar de una intimidad que no se terminara al ponernos la ropa. Fue así como me reconocí más cómodo con las mujeres maduras, especialmente con aquellas que habían atravesado la maternidad, porque en ellas advertía una manera distinta de mirar la vida y los vínculos, sin tantas expectativas sobre lo que el otro debía ser.

Mis encuentros se habían convertido en una forma de reparar mi propia historia. Durante mucho tiempo me consideré un tímido perdido, pero ahora empezaba a llevarme mejor conmigo mismo. Aprendí a conversar, a escuchar y a descubrir que cuanto mayor es la conexión entre dos personas, más plena y profunda se vuelve la sexualidad.

Una noche conocí a una mujer en un pub irlandés. Charlamos, nos reímos y terminamos en su departamento compartiendo un encuentro íntimo e intenso, de esos en los que se siente que ocurre algo que va más allá de cualquier explicación.

Al salir de la ducha, la vi desnuda sobre las sábanas arrugadas y me detuve a mirarla. Su cuerpo de mediana edad contaba una historia propia a través de sus formas, su piel, sus caderas, su vientre habían perdido la firmeza de la juventud, no obstante, algo me desarmó por completo y eclipsó cualquier idea de perfección: su sonrisa. Tenía una expresión de plenitud que no necesitaba explicaciones ni parecía guardar ninguna de las tensiones que a veces aparecen después de la intimidad. No había en ella dudas, temores ni cálculos sobre el futuro de la relación; estaba simplemente ahí, habitando el momento.

Al principio me engañé pensando que esa alegría tenía que ver conmigo, pero con los días comprendí la verdadera dimensión de lo que había presenciado. No se trataba de mi capacidad de seducción ni de haber tenido una performance extraordinaria. Lo que me había sacudido era su gratitud: una gratitud inmensa que no estaba dirigida a mí, sino a la vida misma. Parecía agradecer con todo su cuerpo la experiencia compartida, la magia del encuentro y el simple hecho de estar viva.

Nos vestimos, fuimos a desayunar y tuvimos una conversación encantadora, sin promesas ni intentos de definir lo que acababa de pasar. Ninguno necesitaba ponerle etiquetas ni decidir qué lugar ocuparía en la vida del otro para reconocer que habíamos compartido algo valioso.

Camino a casa no podía dejar de pensar en ella. Me preguntaba por qué pasamos tantos años haciendo planes para el futuro, esperando que se cumplan determinadas condiciones para darnos permiso de disfrutar, y por qué nos cuesta tanto agradecer lo que está ocurriendo mientras ocurre, sin estar pendientes de cuánto va a durar. En medio de aquellas sábanas arrugadas, esa mujer me había enseñado algo que no figura en ningún libro: la posibilidad de ser feliz sin exigir garantías.

Me pregunté por qué a mí me costaba tanto sentir esa misma gratitud: yo necesitaba que mis planes se cumplieran y que las cosas respondieran a mis expectativas para estar bien. Pero a los cincuenta y cuatro años, la vida ya me había demostrado que no siempre concede las seguridades que buscamos. ¿Iba a pasarme el resto del tiempo esperando que todo encajara para recién ahí permitirme disfrutar? La sonrisa de esa mujer me mostró que se puede agradecer un encuentro por lo que fue, sin la obsesión de saber si habrá un segundo, y que no se trata de dejar de hacer planes, sino de no poner toda la felicidad en manos de lo que todavía no sucedió.

Desde entonces intento planear menos y agradecer más. No siempre me sale, porque el deseo de control reaparece y sigo preocupándome por el mañana, pero ahora sé que mientras espero que la vida me dé algo más, puedo estar dejando pasar lo que ya me dio. A veces alcanza con recordar esa sonrisa entre las sábanas arrugadas para volver a preguntarme si no habrá llegado el momento de dejar de esperar tanto y empezar, de una vez, a celebrar lo que me toca vivir.

* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli

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