
Una vez más, el Gobierno de Javier Milei le ganó la pulseada a los organizadores de la marcha frente al Congreso, convocada en rechazo al proyecto de reforma laboral.
La definición no es ideológica, sino objetiva. Tampoco está basada en recortes de redes sociales, imágenes de drones o planos cerrados o abiertos de las cámaras de televisión. Es la certeza de quien auscultó el corazón de la marcha en la Plaza Congreso desde las 13 hasta las 21.
Los organizadores ya no cuentan con el mismo poder de movilización. Ni siquiera gremios convocantes como la Asociación Trabajadores del Estado (ATE), identificados con sus chalecos verdes, ni las dos CTA consiguieron demostrar contundencia a la hora de copar las calles.
Podrán escudarse en que la CGT convocó a un paro general sin movilización, al que adhirieron los gremios del transporte. Es una verdad a medias: buena parte de los militantes sindicales llegaba al centro porteño en micros, camionetas y camiones; no en colectivos, subtes o trenes.

La izquierda, las organizaciones trotskistas y piqueteras, y los sindicatos combativos tampoco lograron teñir de rojo la Plaza Congreso.
Lo mismo sucedió el miércoles 11, cuando fue el primer turno del tratamiento del proyecto de ley, al que calificaron como “esclavista”. Ese día, los medios de transporte funcionaban con normalidad y la CGT convocó a marchar. Sin embargo, tampoco reventaron la plaza ni, mucho menos, los alrededores del Palacio Legislativo.
Por los aciertos del Ministerio de Seguridad de la Nación y su protocolo antipiquetes; por las políticas del Ministerio de Capital Humano, que quitó el incentivo que tenían las organizaciones sociales con los planes y bolsones de comida; por el accionar de los camiones hidrantes, de la brigada motorizada de la Policía Federal Argentina; por la acción de la Gendarmería —a cuyos efectivos algunos llaman “tortugas ninja”— y el trabajo combinado con la Policía de Seguridad Aeroportuaria y Prefectura Nacional; o por una combinación de todos esos factores, lo cierto es que las marchas anteriores —y esta, la del 19 de febrero— fueron un 90 por ciento menos numerosas que, por ejemplo, las que se registraban contra las políticas del gobierno de Mauricio Macri.

Incluso, el Polo Obrero y el bloque piquetero concentraban más militantes frente al Ministerio de Desarrollo Social para reclamar planes y bolsones durante el gobierno kirchnerista de Alberto Fernández que ahora.
Y esto sin mencionar a las organizaciones sociales agrupadas en la Unión Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). “Los Cayetanos”, que cada 7 de agosto se movilizaban contra el gobierno del PRO de Mauricio Macri desde la basílica del santo patrono del trabajo, ubicada en el barrio porteño de Liniers, hasta Plaza de Mayo, congregaban más de trescientas mil personas. Reclamaban la “emergencia alimentaria”.
Al frente de “Los Cayetanos” marchaban referentes como Esteban “Gringo” Castro, secretario general de la UTEP; el ahora diputado nacional Juan Grabois, por entonces referente del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE); Emilio Pérsico, líder del Movimiento Evita; y Juan Carlos Alderete, referente de la Corriente Clasista y Combativa (CCC).
Ayer, la UTEP envió una representación de menos de 300 personas. Y el miércoles 11 “Los Cayetanos” no representaban ni el 2 por ciento de los que marchaban contra Mauricio Macri.
Las principales organizaciones convocaron a concentrar a partir de las 12. A la una de la tarde, la Plaza Congreso estaba prácticamente vacía. Recién a las 14 ingresaron las principales columnas y, entre las 15.30 y las 16, con absoluto orden y la misma prolijidad con la que habían llegado, comenzaron a desconcentrarse. Lo hicieron por Solís y Virrey Cevallos en dirección a la avenida Belgrano; y por Hipólito Yrigoyen y la avenida Rivadavia hacia la 9 de Julio.
El vallado que separaba a los manifestantes de los agentes de seguridad era impactante. También lo era el despliegue de efectivos, móviles y recursos logísticos. Por momentos, los movimientos de los federales, con sus camperas, formaban olas de color azul con las letras PFA en amarillo.
Pero el Gobierno no solo ganó la pulseada de la desmovilización y la desmotivación —algo que será materia de estudio para sociólogos y politólogos—, también ganó por demolición, porque una vez más un grupo de inadaptados, infiltrados, guevaristas, piqueteros ultras, encapuchados pagos —o como se los quiera llamar— logró lo que se propuso: que la violencia, la represión y los desmanes se desataran con toda su fuerza.
Alrededor de las 16, cuando las columnas del Polo Obrero, ATE, CTA, MST, MAS, PTS y comunistas, entre otras agrupaciones, desocuparon la Plaza Congreso y la dejaron vacía, un grupo minoritario —con una enorme bandera argentina al frente y pancartas con el rostro de Ernesto “Che” Guevara, además de la identificación roja y negra que los señalaba como supuestos integrantes del Movimiento Territorial Liberación, organización territorial de la CTA Autónoma— intentó derribar el compacto vallado detrás del cual se encontraba una triple formación de gendarmes y policías federales, custodiados por un camión hidrante.

No lo consiguieron. Comenzaron a arrojar botellas y palos contra los agentes apostados detrás de la fortificación. Las imágenes son inapelables. A la acción siguió la reacción: gases y chorros de agua a presión.
Después de más de una hora de esa esgrima, la Policía —no los violentos— abrió parte del vallado ubicado en Rivadavia y Callao, y cientos de gendarmes y oficiales, que llegaron a triplicar en número al grupo anarquista, cruzaron la línea divisoria. Con el respaldo de la brigada motorizada, que ingresó por el otro extremo del vallado en la intersección de Hipólito Yrigoyen y Entre Ríos, desalojaron a los revoltosos que corrían por Rivadavia en dirección al Cine Gaumont.
Ambulancias del SAME y equipos de rescate desplegaron camillas. Los uniformados trasladaban a los detenidos hacia los móviles, con las manos inmovilizadas con precintos negros. A las 19, mientras en la Cámara de Diputados se seguía debatiendo la norma que sería aprobada a la medianoche, la calma regresó a los alrededores del Congreso. Algunos vecinos se asomaron a los balcones para aplaudir a los federales que retomaban posiciones.
Cada uno cumplió con parte de su labor. Un pequeño grupo generó violencia al final de una marcha pacífica y los agentes federales la sofocaron.
Los violentos, una vez más, fueron funcionales al Gobierno que dicen enfrentar.

La semana próxima, el Senado volverá a debatir el proyecto con las modificaciones introducidas en la Cámara baja. Para ese día, las organizaciones sociales y piqueteras convocan a una nueva marcha.
Alejandro Gramajo, secretario general de la UTEP, lo expresó en su cuenta de X: “La semana que viene, todas las centrales sindicales, movimientos populares, movimientos estudiantiles, organizaciones políticas y el pueblo en su conjunto, a copar el Congreso y todas las calles del país”.
¿Se repetirá el escenario? ¿El oficialismo seguirá ganando la pulseada callejera? ¿O las organizaciones sociales, gremiales y piqueteras habrán tomado nota?



