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El hombre que cumplió 89 años y lo festejó saltando por primera vez en paracaídas: “Fue un clic en mi vida”

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Néstor Araujo y la felicida que solo da cumplir un sueño (Aeroclub Vedia)

“Quise saltar en paracaídas toda la vida”, dice Néstor Araujo. Pero cuando recuerda el momento más emocionante de aquella experiencia, no habla de la caída libre ni de la sensación de volar. Vuelve a una imagen: él todavía tendido en el suelo, junto a su instructor, y su hijo Hernán caminando hacia él para abrazarlo. En esa fotografía quedó, cuenta, un agradecimiento para quien hizo posible que él pudiera cumplir aquel deseo postergado durante décadas.

“Cuando uno ha recorrido mucho tiempo, tiene que vivir el presente, porque el futuro está muy cerca”, afirma Néstor y lo hace desde la sabiduría que da la experiencia. Durante años tenía en mente saltar al cumplir los 90, pero a los 89 entendió que no quería seguir esperando. El tiempo había pasado, muchos de sus seres queridos ya no están y aquel sueño seguía pendiente. Decidió adelantarlo. Hernán se ocupó de organizar todo para que salte en el Aeroclub Vedia.

A unos 4.000 metros de altura, sentado junto a su instructor en el borde del avión, Néstor casi no advirtió el instante en que se lanzaron al vacío. Entonces llegaron la velocidad, el viento y una caída libre que congeló el tiempo. Sintió que flotaba, suspendido en el aire, como si no hubiera nada más. El aterrizaje fue tan suave que apenas lo sintió. Después, en tierra, apareció la emoción. El salto superó todo lo que había imaginado y le dejó una nueva ilusión: llegar a los 90 años y volver a hacerlo.

La infancia y un oficio que aprendió sobre la marcha

Néstor Araujo nació en Arenaza, provincia de Buenos Aires, y creció en una familia humilde, en una casita sin luz ni grandes comodidades. Sus padres, recuerda, hicieron lo que pudieron para sacar adelante a sus hijos. Habla de ellos con amor, nostalgia y admiración. Evoca los momentos difíciles y se emociona. “Aunque alguna vez mi viejo me dio un chirlo, lo tengo como ídolo. Y a mi madre ni hablar”, cuenta. No busca presentar su infancia como una historia extraordinaria de privaciones, sino quiere recordar cómo era la vida en aquel pueblo y cómo la vivían quienes crecieron allí.

En Arenaza, las carencias eran compartidas. Había pocos chicos, todos tenían una realidad parecida y las diversiones no dependían de tener cosas. No había bicicletas para todos ni baños en las casas, pero sí potreros donde jugar hasta que oscureciera. “Cuando uno no conoce otra cosa, vive sólo ese momento y con lo que teníamos éramos felices”, dice. El sabor de la felicidad, en aquellos años, no estaba asociada a lo que faltaba, sino a los juegos de todos los días y a la vida que compartían.

Estudió hasta sexto grado. Su padre tenía una confitería, aunque, aclara Néstor, “era más bien un despacho de bebidas”. Su futuro podía haber tomado otros caminos, pero las circunstancias familiares lo llevaron a asumir una responsabilidad muy temprano. En 1951, su padre compró la usina eléctrica de Arenaza, que abastecía de energía al pueblo. El servicio necesitaba mantenimiento y alguien que se hiciera cargo de los motores. Cuando los obreros reclamaron un salario que su padre no podía pagar, pasó algo que cambiaría su vida.

Ese abrazo del alma: Néstor recién aterrizado y Hernán caminado hacia su padre

Don Araujo —así lo conocían— le dijo a Néstor que debía hacerse cargo de la usina o el pueblo se quedaría sin luz. Pero él no tenía formación técnica ni experiencia suficiente para afrontar semejante tarea. Pero aceptó. “Me quedé solito con los motores esos”, recuerda aquellos primeros tiempos, cuando tuvo que aprender sobre la marcha y familiarizarse con máquinas de gran tamaño y complejidad. No había un camino trazado ni un título que lo respaldara: tenía que encontrar la manera de ponerlas a funcionar.

Así comenzó a construir su oficio: aprendió mecánica, electricidad, reparación de maquinaria agrícola y armado de tableros de comando. Cuando en el pueblo no había quien pudiera reparar una máquina, buscaba la forma de resolverlo. De esa manera, fue incorporando conocimientos y ganándose la confianza de quienes necesitaban sus servicios.

Con los años llegó a tener reconocimiento en el ámbito local por su trabajo en mecánica y electricidad. “En un momento llegué a tener cierto prestigio en la parte eléctrica y mecánica”, admite.

Parte de la familia que fue a alentar a Néstor

Elena, sus hijos y una vida ligada al deporte

A su mujer, Elena, la conoció en un baile y fue amor a primera vista. Se casaron y construyeron una vida juntos que se extendió durante casi seis décadas, con hijos, trabajo y una historia compartida que Néstor todavía evoca con gratitud. Al recordarla, no necesita detenerse en detalles. La define con una frase que resume todo: “Me tocó una mujer espectacular. Con ella he tenido mucha, pero mucha suerte”, dice.

Aunque ella era siete años menor, el destino quiso que partiera primero. La muerte de Elena, a causa de un cáncer, cambió la vida de Néstor y desarmó una certeza que había dado por sentada. Por la diferencia de edad y porque siempre creyó que las mujeres tenían una mayor expectativa de vida, imaginaba que sería él quien moriría primero. “Nunca pensé que iba a faltar ella antes que yo”, admite. Al nombrarla, el dolor todavía asoma en sus palabras, aunque enseguida vuelve a imponerse el agradecimiento por los casi sesenta años que compartieron.

Tuvieron cuatro hijos: tres varones y una nena que nació en 1971 y murió pocos días después. Néstor la recuerda como “un angelito” y habla de esa pérdida con la aceptación que dan los años. Hoy vive en Lincoln junto a Hernán, uno de sus hijos, y mantiene una relación cercana con el resto de la familia.

Volver a tierra: el momento en que Néstor acaba de cumplir su gran sueño (Aeroclub Vedia)

Tiene siete nietos y espera ilusionado la llegada de su primer bisnieto, cuyo nacimiento está previsto para marzo. Ese es uno de los acontecimientos que más lo entusiasman en este presente.

Cuando repasa su vida, cuenta que el deporte ocupó buena parte de sus años. De chico jugaba al fútbol en los potreros de Arenaza, donde los partidos podían durar hasta que se hiciera de noche. También practicó pelota paleta y, con los años, se acercó al ciclismo, las motos, el karting y el automovilismo zonal. No se considera un deportista excepcional. Al contrario, se define como alguien que fue “mediocre para todo”, dice y se ríe, aunque enseguida aclara que está contento con todo lo que hizo. Lo importante, para él, fue participar, probar distintas actividades y disfrutar cada una de ellas.

De aquellos años destaca tres reconocimientos que son motivo de orgullo: uno de 1973 por caballerosidad deportiva; otro de 1998, por su aporte a las categorías zonales y un tercero de 2022 por su trayectoria. Entre el primero y el último pasaron 49 años. Néstor los recuerda sin alardes y hasta se permite dudar, entre risas: “No sé si realmente los merecía”, dice. Pero los guarda como testimonio de una vida ligada al deporte y a las personas que conoció en ese recorrido. Esa misma pasión por los motores y las competencias sigue intactas: hoy trabaja en proyectos propios y encuentra en ellos una forma de mantenerse activo.

Junto a Indio, el instructor que lo hizo

Los sueños por cumplir

La idea de saltar en paracaídas acompañó a Néstor durante buena parte de su vida. Unos 30 años atrás tuvo una oportunidad en General Pinto, provincia de Buenos Aires, pero el costo le impidió concretarla. Elena, su esposa, lo alentó a hacerlo, pero él decidió dejarlo para más adelante. Así pasó el tiempo y aquel anhelo quedó pendiente, pero Néstor se hizo una promesa: voy cumplirlo al llegar a los 90.

Su hijo Hernán conoce bien esa inquietud por los desafíos. “Mi viejo siempre fue un sediento de la adrenalina”, dice. Revive las anécdotas que su padre le contó algunas veces: corriendo en bicicleta desde chico y, más adelante, en moto y en autos de carrera. “Es un personaje en el pueblo y muy querido”, resume sobre su padre que actualmente vive en Lincoln por cuestiones médicas. Hasta los 84 o 85 años, dice, Néstor tuvo licencia para competir en automovilismo. Ahora está armado un auto de carrera: ya no piensa en volver a competir, pero sueña con escuchar el motor en marcha y verlo otra vez en un circuito.

Por eso, cuando Hernán supo aquel sueño pendiente y de las ganas de hacerlo realidad, no dudó en ayudar a su padre a realizarlo. Hizo los trámites y se ocupó de los detalles, aunque el mal tiempo obligó a suspender dos fechas. Cuando le contó a su papá que, finalmente, iba a saltar, la emoción se apoderó de ambos. “Mi viejo estaba maravillado, extasiado con la idea. Nunca titubeó. Al toque estaba al pie del cañón”, recuerda. Para Hernán, que conoce sus gustos y su pasión por volar, no se trataba solamente de regalarle una aventura, sino de ofrecerle la posibilidad de seguir haciendo aquello que siempre disfrutó. “La idea fue darle vida a los años”, explica.

Sueño cumplido: Hernán y Néstor luego del salto. La adrenalina quedó atrás, pero la emoción aún los acompaña

“El salto superó ampliamente mis expectativas”, admite Néstor que detalla cada segundo vivido desde que subió a la avioneta. Reconoce que antes de hacerlo pensó que podía sentir miedo, aunque esa sensación se diluyó a medida que llegaba a la aeronave, a la cual subió sin temor. Durante la caída libre disfrutó de la velocidad y del viento; después, bajo el paracaídas, tuvo una sensación única. “Sentí una calma difícil de explicar”, dice. Incluso hubo un momento en que el descenso le pareció demasiado tranquilo, hasta que el instructor comenzó a hacer giros que le devolvieron la sensación de velocidad. La emoción llegó al tocar tierra, cuando vio acercarse a su hijo. Néstor conserva especialmente esa imagen: Hernán caminando hacia él después del aterrizaje, mientras todavía estaba sentado en el suelo junto al instructor.

Hernán también recuerda ese instante. Los integrantes del Aeroclub Vedia los habían acompañado durante toda la jornada y, cuando su padre aterrizó, se acercó para ayudarlo a levantarse. “Hay una foto de ese momento. Está esperándome con los brazos abiertos, sentadito en el piso, esperando que lo ayude a levantarse. Y me dice con la voz quebrada: ‘Gracias, gordo’”. Para él, esas palabras resumieron todo lo que había significado la experiencia de su padre. “Ya con eso es más que pagado”, dice el orgulloso hijo.

A partir de aquella jornada de principios de octubre, Néstor empezó a cuidarse como nunca antes: “Después del salto sentí que había hecho un clic y comencé a prestar más atención a mi salud”, confía. Sabe que la vida cotidiana cambió con la ausencia de sus amigos de toda la vida. “Los amigos de primera hora ya no queda ninguno”, lamenta. Aquellas reuniones alrededor de una parrilla, las charlas y los encuentros para compartir un vino ya no son los mismos. Aunque hizo nuevas amistades, hay ausencias que se sienten y costumbres que no vuelven.

Néstor, sin embargo, sigue buscando motivos para entusiasmarse. No es demasiado afecto a los grandes festejos y no sabe si organizará algo especial cuando llegue a los 90 años. Lo que sí tiene claro es que quiere volver a saltar en paracaídas: “Si la vida lo permite”, finaliza.

Hernán lo confirma con una sonrisa: su padre quiere repetir la experiencia y hasta se propone superar la marca de otro hombre que saltó a esa edad. Mientras tanto, Néstor agradece al equipo del Aeroclub Vedia, al que describe como gente extraordinaria. Desde que llegó, cuenta, se sintió como en casa, entre mates y conversaciones con quienes después formarían parte de la experiencia. El salto fue mucho más que una descarga de adrenalina: fue una deuda personal saldada, un momento compartido con su familia y una nueva meta puesta por delante. Porque, a los 89 años, Néstor todavía tiene algo que espera con ganas: cumplir 90 y volver a lanzarse al vacío.

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