
Me quedé helado. ¿Cómo se puede vivir cincuenta años haciendo algo que no te interesa en lo más mínimo?
Esa tarde de invierno habíamos salido a caminar con mi tía. Ella tenía cáncer, pero el pronóstico era bastante bueno y, dentro de todo, estaba animada. Siempre había sido una mujer poco afectuosa aunque luchadora y sólida como una roca. Con setenta años, seguía trabajando. Calculo que lo hacía más por miedo a que pudiera faltarle algo que por una necesidad real.
Por esas vueltas de la vida, pasamos por la Facultad de Derecho en la que ella había estudiado, y nos detuvimos a mirar ese edificio imponente.
—¿En qué año construyeron esta sede?
—No sé.
—Antes estaba sobre la avenida Las Heras, ¿no? —pregunté.
—Sí —me contestó.
—¿Y puede ser que en algún momento hayan dictado clases en la Manzana de las Luces?
—No sé.
El tono de su respuesta fue tan cortante que me resultó inevitable hacerle una pregunta incómoda:
—¿Alguna vez te interesó ser escribana?
—Nunca.
Su respuesta explotó en mi cara como una bomba.
Después de caminar dos cuadras en silencio, ensayó una explicación.
—Gracias a esta profesión pude formar una familia, darles una excelente educación a mis hijos, viajar por el mundo, tener buen nivel de vida.
Caminamos un poco más en absoluto silencio, la acompañé a su casa y nos despedimos con un abrazo. Algo perturbado, fui a tomar un café. Necesitaba pensar en esa imposibilidad de mi tía de ocuparse de sus deseos, a los que seguramente postergó en busca de cierto nivel de vida. Fue más importante eso que conectar con una actividad que pudiera movilizarla.
¿Cómo había podido vivir tantos años haciendo algo que no le interesaba? ¿Era falta de compromiso con lo que quería o simplemente otra escala de prioridades?
La respuesta era dolorosa, y no me era del todo ajena. Sus palabras me interpelaban porque, en el fondo, yo tampoco tenía una vocación clara ni nada parecido al amor de mi vida; solo romances casuales y pasajeros. Y si bien últimamente había dejado algunas actividades que no me interesaban e intentaba ganarme la vida sin trabajar con clientes tóxicos o personas problemáticas, me sentía incapaz de contestar la pregunta que hubiera querido hacerle a ella: si hoy pudiera elegir nuevamente una carrera, ¿qué estudiaría?
Tenía cuarenta y tres años, veinte de graduado, y seguía sin tener claro qué me interesaba. Al final, yo no estaba mucho mejor que mi tía.
No sé por qué vino a mi mente su austeridad. No podría decir que era avara, pero sí que usaba el dinero con extremo cuidado incluso ahora, en el tramo final de su vida. ¿Para qué, si tenía más dinero que años por vivir?
Me sentí vacío. A mí me pasaba algo parecido.
No tenía la menor idea de qué me gustaba y solo me ocupaba de ganar dinero para pagar cuentas. Tampoco me consideraba avaro, aunque también era muy cuidadoso con los gastos. Siempre tenía miedo a que en un futuro pudiera faltarme algo.
Recordé a un etólogo que decía que en el reino animal no hay tantas preocupaciones. Solo unas pocas e intensas: comer, no ser comido, reproducirse. Y podría decir que las tres son la misma: sobrevivir. Pensé entonces si nuestras batallas por ser felices, por dedicarnos a algo que nos gusta, podrán ser alguna vez la prioridad de nuestro cerebro. ¿Será que nuestros anhelos suelen ser una fuente de frustración porque estamos intentando imponer nuestras ideas a las necesidades de la naturaleza?
Visto así, ocuparme solo de los gastos y desatender mis sueños, eso que para mí es un dolor en el alma, quizás no fuese tan grave. Mi pulsión de supervivencia rige mi vida, al igual que la de todos los seres vivos, aunque para los seres humanos la vida segura puede convertirse en una prisión sin barrotes.
¿O será que nuestro sistema de supervivencia está desfasado, rigiendo nuestra conducta por amenazas que ya no existen y temores que ya no son razonables, dejándonos a merced del cerebro primitivo? Primero sobrevivir, después se verá, aun cuando ese después nunca llegue. Aun cuando nuestra supervivencia ya no esté en juego.
Por eso vivimos como si siguiéramos en la selva y estuviéramos frente un tigre a punto de devorarnos, sin darnos cuenta de que ya no somos aquel hombre primitivo. De que los depredadores de los que huimos a diario son imaginarios.
¿Por qué nos resulta tan difícil seguir nuestros sueños entonces? ¿Serán nuestras propias emociones y nuestros miedos más íntimos los que nos ponen a la defensiva? ¿Los que nos llevan a refugiarnos en un lugar seguro, ahí donde nuestra vida no está en peligro, donde no hay tigres, ni lugar para los sueños?
***
El tiempo no espera a que superemos nuestros miedos: simplemente pasa.
Sobrevivir fue necesario, pero ahora, ¿me animo a vivir?
* Juan Tonelli es escritor y speaker, autor del libro “Un paraguas contra un tsunami”. www.youtube.com/juantonelli



