Compró un colectivo abandonado, lo trasladó hasta un lote en Villa Calamuchita y lo transformó en su hogar: el antes y el después

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En tiempos en los que acceder a una vivienda propia parece una meta cada vez más difícil, una familia cordobesa encontró una solución tan original como económica en el Valle de Calamuchita: comprar un colectivo en desuso y convertirlo en su hogar.

Los protagonistas de esta historia son Franca Pucheta y su esposo, Fernando, quienes después de gastar los USD 3 mil dólares que tenían ahorrados para adquirir un terreno y quedarse sin los recursos suficientes para levantar una vivienda convencional, buscaron otras alternativas de construcción que les permitieran mudarse rápidamente y sin endeudarse.

“Analizamos todas las propuestas. Dijimos: ‘Pongámonos a construir nosotros una casa de barro’. Sacamos los costos de comprar los palos, de hacer los cimientos. Todo nos salía lo mismo que hacer una casa de ladrillo”, explicó Franca a Infobae.

Franca Pucheta junto a su marido y sus dos hijas

Fue entonces cuando recordaron la experiencia que habían tenido años antes de la pandemia transformando una combi en motorhome durante sus viajes por Argentina y Uruguay. “Si transformamos un motorhome en una combi, podemos transformar un colectivo en nuestro hogar, total ya sabemos hacer todo”, contó sobre la idea que terminó cambiando el rumbo del proyecto.

La propuesta parecía descabellada, pero tenía lógica: “Un colectivo ya ofrecía techo, estructura, ventanas y puertas. Era como una casa a medio construir”. Y así fue como comenzaron a buscar unidades fuera de servicio. “En 2021 fuimos a una chatarrería y compramos uno por $50 mil“, detalló Franca, que si bien el precio era irrisorio, el estado de conservación estaba lejos de ser ideal.

La unidad no tenía motor, estaba destruida y presentaba daños estructurales importantes. Aun así, decidieron seguir adelante. “Mover semejante estructura hasta el terreno resultó una verdadera odisea”, recordó Franca.

Cuando intentaron moverlo con una grúa descubrieron que el eje estaba roto y que las ruedas no giraban correctamente. Luego ocurrió algo aún más peligroso: mientras el colectivo era trasladado, el parabrisas se desprendió en plena ruta.

“Como si eso fuera poco, más adelante la grúa cayó en un pozo y el colectivo quedó varado, obligando a realizar nuevas maniobras para rescatarlo. Afortunadamente nadie resultó herido y la estructura finalmente llegó a destino”, precisó Franca.

Cuatro meses de trabajo para hacerlo habitable

Una vez instalado en el terreno comenzó la etapa más intensa del proyecto. El primer desafío fue limpiar una década de abandono: “Tuvimos que levantar una capa de mugre de 10 años, sacar las butacas y limpiar todo el colectivo”.

Luego vino el tratamiento antióxido en toda la estructura, la reparación de huecos y agujeros de la chapa, el aislamiento térmico y el revestimiento interior con madera. La familia hizo absolutamente todo por su cuenta. “Fue todo a pulmón. Si bien teníamos bastante conocimiento por la refacción del motorhome, lo que no sabíamos lo consultábamos en Youtube”, precisó.

“En unos cuatro meses hicimos todo esto de ponerlo lindo, forrar las paredes y el techo con machimbre y ponerle el piso, que es un vinílico autoadhesivo, símil piso flotante”, explicó.

Con el paso del tiempo, aquella estructura oxidada se convirtió en una vivienda cálida y funcional. “La distribución incluye un amplio living-comedor con cocina integrada, la habitación de las nenas y el dormitorio principal”, detalló Franco, quien remarcó que la vivienda funciona de manera prácticamente autónoma gracias a paneles solares, pozo de agua propio y gas envasado.

El diseño también fue evolucionando. Al principio utilizaron muebles comunes para acelerar la mudanza, pero poco a poco comenzaron a fabricar mobiliario a medida para optimizar cada centímetro disponible. La habitación de las nenas, por ejemplo, incluye una cucheta especialmente ideada para el espacio y sectores de guardado.

Uno de los aspectos más llamativos del proyecto fue el sistema sanitario. “Al principio utilizamos un baño seco, una alternativa sustentable que no requiere conexión a redes cloacales. Construimos un inodoro movible y hacíamos pozos que después tapábamos con tierra”, explicó. La ducha también estaba ubicada en una estructura independiente. “Nos bañábamos a la luz de las estrellas”, recordó entre risas.

Con el tiempo y una mejor situación económica pudieron construir un baño convencional de cemento conectado al colectivo. “El diseño incluyó dos accesos: uno desde nuestro dormitorio y otro desde la galería exterior, para que los visitantes no tuvieran que atravesar los espacios privados”.

Franco contó que el principal desafío es el aislamiento térmico. Al tratarse de una estructura metálica, el calor del verano y el frío del invierno requieren soluciones específicas para mantener el confort interior. Actualmente utilizan un calefactor de tiro balanceado y un equipo de aire acondicionado frío-calor, aunque proyectan incorporar una salamandra para mejorar aún más la climatización.

El deck y la ampliación del proyecto

A medida que mejoraba la economía familiar, el colectivo fue sumando nuevas comodidades. Construyeron un amplio deck de aproximadamente tres metros de ancho por diez metros de largo, que hoy funciona como espacio de reunión y expansión de la vivienda.

Ese espacio funciona como una extensión de la vivienda, ideal para compartir reuniones familiares y encuentros con amigos”, señaló.

Además, como la familia prioriza la vida al aire libre, no siente la necesidad de contar con grandes espacios interiores. “Nos interesa vivir en la naturaleza y disfrutamos mucho el afuera”, afirmó Franca.

Más adelante levantaron una habitación de cemento de cuatro por cuatro metros, al lado del colectivo, destinada al dormitorio principal y a un espacio de trabajo.

El lote también fue creciendo. Primero compraron el terreno original de mil metros cuadrados y luego adquirieron el lote vecino, ampliando la superficie total a unos 3.500 metros cuadrados.

El colectivo posee aproximadamente 33 metros cuadrados habitables y otro detalle curioso de eta historia es que no quedó ubicado de la manera en que originalmente había sido pensado.

“Debido a las complicaciones que surgieron durante el traslado y al estado del terreno tras varios días de lluvia, la grúa tuvo que dejarlo donde pudo. Eso hizo que la unidad terminara colocada al revés respecto de la orientación prevista. De esta manera, la parte trasera del colectivo pasó a convertirse en la fachada principal de la vivienda, mientras que el frente original quedó orientado hacia el fondo del terreno», afirmó Franca.

Para integrarlo mejor al paisaje serrano, la fachada principal fue revestida con madera y troncos, lo que transformó por completo la imagen del colectivo. Desde el exterior, cuesta imaginar que detrás de esa estructura rústica y acogedora se esconde un antiguo transporte de pasajeros.

Así quedó el baño terminado, con paredes y techo de madera

La intervención también alcanzó los espacios exteriores. “Aprovechando que en la zona existen numerosas madereras, conseguimos a muy bajo costo restos de corteza y madera que normalmente son descartados durante el procesamiento de los troncos. Con ese material cubrimos gran parte del parque y los senderos, logrando una estética natural“, admitió.

Una nueva salida laboral

La transformación del colectivo también terminó abriendo una inesperada oportunidad laboral. Mientras construían su vivienda en un terreno donde no había acceso a la red de cloacas, Franca y Fernando se vieron obligados a investigar cómo funcionaban los sistemas de tratamiento de aguas residuales, los biodigestores y las cámaras sépticas. Lo que comenzó como una necesidad personal terminó convirtiéndose en un nuevo proyecto empresarial.

Durante ese proceso descubrieron que los equipos disponibles en el mercado tenían precios muy elevados. “Un biodigestor que hoy vendemos en 500 mil pesos, ellos lo vendían en un millón y medio”, recordó Franca al explicar por qué decidieron buscar alternativas más accesibles.

Uno de los rincones más lindos del living, con un sillón esquinero y súper luminoso por la cantidad de ventanas

Fue entonces cuando conocieron a una pequeña empresa familiar que fabricaba estos productos y comenzaron a comercializarlos en la región, aprovechando la creciente demanda de soluciones para viviendas alejadas de los servicios tradicionales.

Cuando el negocio fue creciendo, los clientes comenzaron a pedir asesoramiento e instalación, por lo que Franca y Fernando se capacitaron junto a ingenieros y especialistas para profesionalizar el servicio. Hoy su empresa no solo vende biodigestores, cámaras sépticas y tanques de agua, sino que también realiza instalaciones, mantenimiento, asesorías personalizadas y capacitaciones.

Lo que nació de la necesidad de resolver los desafíos de su propio hogar autosustentable terminó convirtiéndose en una fuente de trabajo estable y en un emprendimiento que nos permitió desarrollar un ecosistema completo vinculado al tratamiento y aprovechamiento del agua”, precisó Franca.

Todo el piso del colectivo fue revestido con un vinílico autoadhesivo símil piso flotante

De hogar familiar a emprendimiento turístico

Tras cinco años viviendo en el colectivo, la familia tomó una nueva decisión: mudarse a una vivienda más cercana al colegio de su hija mayor, que ya tiene 12 años. Sin embargo, el colectivo no quedó vacío. “Ahora lo tenemos alquilando para Airbnb, para hacer experiencias off grid”, contó Franca.

Desde abril de este año, el lugar recibe visitantes interesados en conocer una forma diferente de habitar y conectarse con la naturaleza. Así, lo que alguna vez fue una solución de emergencia terminó convirtiéndose en una nueva fuente de ingresos y en la base de un proyecto aún más ambicioso.

El hogar quedó completamente terminado en 5 años de obra y hoy se alquila temporalmente por Airbnb

“Planeamos construir una casa tradicional en el mismo terreno y desarrollar un espacio dedicado a la autosustentabilidad, con tiny houses, energías renovables y experiencias vinculadas a la vida de campo. Queremos transformar todo este predio en un espacio de experiencia de autosustentabilidad”, resumió Franca.

Así, aquel colectivo comprado en un desarmadero no solo les permitió tener un hogar cuando parecía imposible construir una casa. También se transformó en el punto de partida de una nueva forma de vivir, trabajar y soñar en medio de las sierras cordobesas.

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