
Hay un ascensor y hay una escalera.
En el ascensor, dos mujeres de setenta y seis años comparten encuadre en la tapa de la revista de moda más poderosa del mundo. Una es Anna Wintour, que dirigió Vogue durante décadas y ahora aparece en su portada por primera vez. La otra es Meryl Streep, que volvió a ser ella, o Miranda Presley, veinte años después. Las fotografió Annie Leibovitz, de setenta y seis años. Las estiló Grace Coddington, de ochenta y cuatro. El ascensor sube. Las cuatro mujeres que hicieron esa imagen tienen entre setenta y ochenta y cuatro años. No fue una portada. Fue un manifiesto.
En la escalera, un hombre de traje negro sube los peldaños del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York apoyado en un bastón, con el pelo gris y la espalda levemente encorvada. Cada arruga de su cara fue esculpida a mano. Cada mancha en sus manos, diseñada. El hombre tiene treinta y dos años, se llama Bud Bunny. Es una performance sobre el cuerpo que envejece. Antes y después las mujeres viejas que caminaron esas mismas escalinatas esa noche —Cher, Angela Bassett, Nicole Kidman, Anna Wintour— tenían el cuerpo real. Y no necesitaron bastón ni hacerse las encorvadas.
La Met Gala de este año giró alrededor de un tema que el Costume Institute eligió con una precisión que parece calculada: “Costume Art”, una exposición organizada por tipos de cuerpo. El cuerpo desnudo. El cuerpo embarazado. El cuerpo anatómico. Y, por primera vez con ese nombre explícito, el cuerpo que envejece. El curador Andrew Bolton no usó eufemismos en el catálogo: la industria de la moda orientada a la juventud ha ignorado históricamente ese cuerpo. Quizás porque mirarlo de frente nos obliga a pensar en nuestra propia mortalidad.
Nicole Kidman subió esas escalinatas de rojo, con su hija de diecisiete años a su lado en el debut de la joven en la gala. Chanel, lentejuelas, plumas en las caderas. Dijo que quería algo rojo porque el rojo es un símbolo de amor en el arte, y que la noche tenía un peso personal más allá de la moda. Cher llegó con un traje negro de Saint Laurent que era casi idéntico al Bob Mackie que había usado en esa misma gala cincuenta y dos años antes. No lo imitó: se citó a sí misma. La sala supo exactamente lo que estaba mirando. Angela Bassett, de sesenta y siete años, describió su vestido rosa Prabal Gurung —con su abertura alta y sus pétalos esculpidos en la cintura— como “un guiño suave al cuerpo que envejece”. Una frase que en otro contexto podría sonar a disculpa. En ese contexto sonó a reivindicación.
Anna Wintour, que organizó esta gala durante décadas desde la sombra, apareció esta vez de turquesa y negro, con su capa de plumas y sus gafas oscuras invariables. Cuando le preguntaron por sus co-presidentas —Kidman, Beyoncé, Venus Williams— no dudó: “Son mujeres que han sido valientes en sus carreras. Siguen adelante. Van a un ritmo que no tiene freno”. Y después, en otro momento de la noche: “La edad es en realidad una ventaja. Con una vida bien vivida, podés liderar con más facilidad”.
En el diálogo entre el ascensor y la escalera, queda flotando una pregunta que nadie todavía formula demasiado alto. La industria puede tolerar la vejez cuando se vuelve alegoría, disfraz, maquillaje, artificio. Lo que todavía le cuesta es aceptarla como autoridad. Las mujeres que caminaron esas mismas escaleras esa noche eran cuerpos poderosos, no cuerpos derrotados. Ninguna caminó con ayuda, cuidando sus pasos. Ninguna necesitó que le esculpieran la cara para probar que el tiempo había pasado.
Algo que también pasa acá
A fines de abril, la revista Caras celebró sus 33 años con una gala en el Palacio Reconquista. La primera de sus tres tapas reunió a Valeria Mazza, Pampita, Juana Viale y Moria Casán —cuatro trayectorias distintas compartiendo encuadre—. Las otras dos tapas convocaron a figuras más jóvenes. Una noche donde las generaciones coexistieron sin que nadie tuviera que explicarlo.
El contraste más elocuente de los últimos meses no estuvo en ninguna alfombra roja sino en Instagram. En marzo, una foto de Susana Giménez en traje de baño durante un rodaje publicitario se filtró en redes y encendió el debate: muchos elogiaron su vigencia a los 82 años, otros discutieron el retoque digital, y Graciela Alfano respondió en sus historias con una foto comparativa y un comentario directo. La audiencia terminó discutiendo durante días sobre cuerpos, edad y el lugar de las mujeres mayores en el espectáculo argentino. Era una discusión sobre envejecimiento disfrazada de chisme de divas.
La conversación más interesante la viene dando otra actriz, en otro tono. Mercedes Morán, cerca de los setenta, dijo en una entrevista reciente: “Me enfrento a envejecer frente a las cámaras. No pretendo luchar contra lo que no se puede luchar, que es el paso del tiempo. No se me da por intentar resolver la cuestión con una cirugía estética porque siempre me negué a ese recurso”. La frase no es militante ni solemne. Es honesta. Y en un medio donde la honestidad sobre el cuerpo que envejece sigue siendo subversiva, eso alcanza.
Cecilia Roth, que pasó los sesenta y cinco, lleva décadas sosteniendo una carrera paralela entre Argentina y España. Musa de Almodóvar desde los años ochenta —fue protagonista de Todo sobre mi madre, ganadora del Oscar a la mejor película extranjera en 1999— este año protagoniza para Netflix la serie sobre la vida de Moria Casán, junto a Griselda Siciliani y Sofía Gala. No como memoria del pasado. Como centro del presente.
Ahí aparece la misma tensión que recorre la Met Gala, las tapas de Vogue y buena parte de la industria cuando mira a una mujer mayor y decide qué hacer con ella.

La trampa elegante
Entre la celebración de la belleza de los cuerpos sin mandatos ni discriminación y la súbita irrupción de la belleza de mujeres en sus sesenta y setenta, hay un ruido que nos resulta conocido. El que rápidamente el mercado y la moda toman para decirnos cómo hay que lucir, aunque sea naturales, aunque sea viejas. Y el enorme trabajo que eso implica para millones de mujeres. Hello Magazine lo escribió bien después de los Oscars de este año: estamos viendo más mujeres mayores en las pantallas y en las tapas, pero su aparición genera una reacción física en otras mujeres de mediana edad. No porque sean hermosas. Sino porque no parecen tener la edad que tienen.
Lo llamó wealth ageing (el envejecimiento de las ricas). Un estándar estético que requiere tiempo, cirugía, dinero y acceso a un sistema de cuidados que la mayoría no tiene. Un estándar que acepta a las mujeres mayores siempre y cuando el tiempo no se note demasiado.
Un estudio del Center for the Study of Women in Television and Film encontró que los hombres experimentan apenas un tres por ciento de caída en representación para personajes mayores de cuarenta años. Para las mujeres, esa caída es del trece por ciento. El sistema no cambió del todo. Aprendió a incorporar a algunas —las que tienen los recursos para mantenerse dentro de sus códigos— mientras sigue ignorando a las demás.
Una batalla conocida
Algunas de estas peleas se parecen demasiado a las que ya dimos. Durante años, el feminismo peleó para que nadie opinara sobre los cuerpos de las mujeres, para que no hubiera que esforzarse por “parecer natural”, para que la ropa no fuera una obligación sino una elección. Esas mismas batallas vuelven ahora, con otro nombre y otro cuerpo. La mujer mayor que tiene que lucir “bien para su edad”. Que tiene que demostrar que envejece “con gracia.” Que puede existir en una tapa de revista siempre que no se le noten demasiado los años. Son los mismos mandatos de siempre, apenas corridos veinte años hacia adelante.
Lo que el mercado vio antes
Tiffany Hill, directora de Trend Suite, una consultora global de tendencias de moda, lo formuló esta semana con la crudeza que ninguna tapa de revista usa: la edad ya no es un segmento, es una condición. Las poblaciones envejecen. Las expectativas de vida se expanden. Las generaciones se superponen como nunca antes. Y sin embargo, la mayoría de las marcas sigue operando con una lente centrada en la juventud —no como estrategia, sino como inercia—. Su conclusión es estructural: diseñar para una sola generación en un mundo multigeneracional ya no es posicionamiento. Es desajuste.
La explicación de esa inercia tiene historia: el marketing de moda se construyó sobre la idea de que los jóvenes crean cultura y los mayores la siguen. Esa lógica fue verdad durante décadas. El reporte BoF-McKinsey State of Fashion 2025 fue uno de los primeros en decirlo sin rodeos: las presiones económicas hacen que los compradores jóvenes —generalmente los más ajustados financieramente— ya no sean el motor de crecimiento confiable que fueron. Los compradores mayores de cincuenta representan una porción creciente del gasto global. Las marcas que no lo vean no están siendo fieles a su historia. Están siendo imprecisas con su presente.
Un estudio académico publicado en febrero de 2026 sobre consumo de moda en mujeres de cuarenta a sesenta años encontró que el setenta y seis por ciento no se siente representada en los medios que consume. No pide verse de veinte años. Pide verse. El poder de gasto global de las personas mayores de sesenta se estima en casi quince billones de dólares para este año. Quince billones que la industria sigue mirando como si fueran el mercado de otra persona.

Lo que todavía falta
La moda es el sistema más visual que existe para negociar quién cuenta y quién no. Cuando el Costume Institute nombra el cuerpo que envejece como categoría artística, algo se mueve. Cuando Vogue pone en su tapa a cuatro mujeres de entre setenta y ochenta años y la fotografía no trata de disimularlo, algo se mueve. Cuando una actriz de sesenta y siete años llama a su vestido un guiño al cuerpo que envejece —no como disculpa sino como argumento— algo se mueve.
Pero sabemos bien que el inicio de la marea también marca que falta mucho por transitar hasta la orilla. Lo que falta es que esa visibilidad no llegue con condiciones. Que no exija que las mujeres mayores parezcan más jóvenes para merecer el encuadre. Que no requiera el presupuesto de una producción de Hollywood para mantenerse dentro del margen de lo aceptable. Que no celebre el cuerpo que envejece en las escalinatas mientras lo ignora en el probador, en la publicidad, en el pasillo del supermercado.
Meryl Streep tiene setenta y seis años y protagonizó dos de los estrenos más esperados del año. Annie Leibovitz tiene setenta y seis años y sigue siendo la fotógrafa que Vogue llama cuando quiere hacer historia. Grace Coddington tiene ochenta y cuatro años y estiló la tapa que todos están mirando esta semana.
Durante décadas, la industria más obsesionada con los cuerpos entrenó su mirada para no ver el paso del tiempo. En el último tiempo parece mirarlo de frente. Todavía no sabemos del todo qué está viendo.



