Un dato sobrevuela toda la discusión: según Pew Research Center, el 57% de los adultos cree que los niños de hoy tendrán una situación económica peor que la de sus padres.
En su columna de Infobae a la Tarde, el economista Martín Lousteau tomó ese número como punto de partida para desentrañar algo más profundo: por qué la movilidad social parece haberse roto, quiénes se benefician de esa ruptura y cómo eso alimenta el malestar político que define nuestra época.
El juego de las sillas y el acceso bloqueado al poder
Para explicar la dinámica del poder, Lousteau recurrió al esquema del politólogo Peter Turchin: concentración de riqueza en pocos, un Estado que pierde legitimidad y la irrupción violenta de quienes quedan afuera de la élite. La imagen que eligió para ilustrarlo es simple: un juego de las sillas.
“Cuando el sistema produce mucha gente educada, pero la cantidad de sillas queda fija, todo el mundo empieza a desesperarse para ser élite”, explicó. Quien queda afuera no siente que perdió: siente que lo excluyeron. “La casta es la contraélite que quiere ser casta, pero todavía no la están dejando entrar”. Esa bronca, advirtió Lousteau, no distingue ideología: aparece tanto en Estados Unidos con Trump como en Argentina con los discursos anti-casta.

El dato argentino es elocuente: “Argentina tiene 10% más de su población graduada universitaria que antes, pero eso no aseguró una movilidad social ascendente”. Más educación, mismas o peores condiciones. El ascenso parece cada vez más difícil, incluso para quienes cumplen todas las reglas del sistema.
Movilidad social estancada y pesimismo generacional
El diagnóstico sobre Argentina es duro. “Al revés que Estados Unidos, Argentina prácticamente no creció desde los setenta, pero la pobreza se multiplicó por cinco y la clase media se evaporó”, sostuvo.
El contraste con Estados Unidos tampoco es alentador: el PBI americano creció tres veces desde los años 70, pero el salario promedio solo un 20%. En ambos casos, el crecimiento no se tradujo en bienestar para la mayoría.
El Estado, mientras tanto, no ayuda a recuperar la confianza. “Gasta dos veces más por cada uno de nosotros que hace 30 años y no nos da dos veces más de nada. Y está endeudado”, remarcó.
La frustración se acumula porque muchos sienten que, aun esforzándose y capacitándose, no pueden acceder a mejores condiciones. “El enojo de la contraélite no es solo con el sistema, sino con la frustración de no poder ocupar el lugar que creen merecer”.

En ese contexto, la pelea deja de ser por transformar el sistema y pasa a ser por desplazar a quienes lo controlan. “Vos querés estar en esa silla. No llegás para cambiar el sistema, sino para cobrar lo que creés que todavía te debe la sociedad”.
Provocación, discurso y la legitimidad de la crueldad
El acceso forzado al poder suele venir acompañado de una batalla cultural que legitima la crueldad en el discurso público. “Tenés que hacer quilombo, decir que estas reglas ya no van más, señalar con el dedo, agredir, movilizar el enojo”, describió Lousteau.
Lo que preocupa no es solo el conflicto sino el tono. “Nunca vi que le ajustes a la gente y te burles de que la estás ajustando”, dijo. El contraste histórico que eligió fue revelador: “Por lo menos Cavallo lloraba con Norma Pla. Es la diferencia entre llorar y burlarte del otro”. La nueva élite, nacida de la contraélite, usa la provocación como herramienta de legitimación y corre los límites de lo que se puede decir en público.
La columna cerró con una advertencia clara: cuando se combinan concentración de riqueza, Estado deslegitimado y contraélite movilizada, cualquier chispa puede encender un conflicto mayor. La salida, insistió Lousteau, pasa por revertir la dirección en que fluye la riqueza. Si eso no ocurre, la tensión latente seguirá creciendo hasta que encuentre otra forma de estallar.
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