Fue a pedir antecedentes penales para un trabajo y terminó detenido por una causa que creía cerrada: pasó seis años preso

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Fue en septiembre de 2017. Marcos Joubert (43) se acercó al Registro Nacional de Reincidencia de Lomas de Zamora para solicitar un certificado de antecedentes penales. Lo necesitaba para comenzar en un nuevo trabajo. Era la segunda vez que iba. El día anterior, un empleado le había entregado un comprobante con un código de seguridad que, 24 horas después, le permitiría descargar el documento.

Pero el sistema no respondió como esperaba.

En la pantalla apareció un mensaje: tenía que presentarse nuevamente donde había iniciado el trámite. Volvió al día siguiente. El mismo hombre lo atendió, le pidió su DNI, tipeó sus datos en el sistema y se quedó en silencio unos segundos. Lo miró. Volvió a mirar la computadora. Frunció el gesto. A unos metros, dos policías custodiaban la puerta.

—Vas a tener que ir a Tribunales —le dijo.

Casi una década después, Marcos todavía recuerda la sensación “rara” que le atravesó el cuerpo cuando escuchó esas palabras. “La cara que puso el tipo también me llamó la atención”, asegura.

A los Tribunales de Lomas de Zamora fue solo. Le había pedido a su pareja de entonces que lo acompañara, pero se quedó dormida. Ingresó al edificio, explicó en la mesa de entradas por qué estaba allí, y una mujer le pidió que esperara. En cuestión de segundos, un par de policías lo abordaron por la espalda y lo esposaron a una escalera. “Así fue como terminé preso: haciendo un trámite para un trabajo”, le cuenta a Infobae.

La Unidad Penal Nº 2 de Sierra Chica, ubicada a pocos kilómetros de la ciudad bonaerense de Olavarría, fue una de las cárceles por las que pasó Marcos Joubert

“En casa no faltaba nada”

No era la primera vez que terminaba preso.

Antes de aquel trámite fallido en 2017, Marcos Joubert ya había pasado por la cárcel. Tenía 19 años y, en plena crisis del 2001, participó de robos bajo la modalidad de entraderas junto a su hermano menor y un grupo de amigos del barrio Don Orione, donde nació y creció.

Hijo de una empleada doméstica y de un operario de fábrica —que en ese momento hacía changas como pintor tras quedarse sin trabajo—, asegura que a pesar del contexto, no había una urgencia económica que lo empujara a delinquir. “El pensamiento del común de la gente es que todo el que se hace chorro es porque no tiene un mango, porque es pobre. Puede ser. Nosotros no éramos millonarios, lejos estábamos de eso, pero mis viejos laburaban para que estuviéramos bien. En casa no faltaba nada”, plantea.

Terminé robando porque mi hermano empezó a juntarse con gente que no debía y yo, en vez de mandarlo en cana con mi vieja, me subí a un bondi que no era mío. ‘Si el día de mañana le llega a pasar algo, yo quiero estar con él’, pensaba. Y así fue”, cuenta.

El hecho que terminó de sellar su destino ocurrió cuando aún cursaba el colegio secundario. Según recuerda, entraron a robar a una casa de familia y, mientras escapaban, la policía los interceptó: hubo un tiroteo y lo arrestaron.

Por ese episodio, Marcos Joubert fue detenido en enero de 2002 y pasó poco más de un año en prisión hasta que recuperó la libertad. La causa, sin embargo, siguió en trámite.

El juicio oral se realizó años más tarde. Allí fue condenado en primera instancia a 14 años de prisión. La sentencia fue apelada y revisada por un tribunal superior, lo que derivó en una reducción de la pena.

Recién en 2015, tras la intervención de la Suprema Corte, la sentencia quedó firme en siete años y nueve meses. Para entonces, ya pesaba sobre él un pedido de captura. Pero nunca fue notificado. Se enteró en septiembre de 2017, cuando fue a tramitar sus antecedentes para empezar en un nuevo trabajo. “No estoy feliz por la vida que llevaba, pero cumplí una larga condena por un hecho que había cometido quince años antes. Durante todo ese tiempo yo laburé”, dice.

Otra vez preso

La segunda vez en prisión fue distinta a la primera. Marcos ya no era un adolescente: tenía un hijo con su ex, una novia y estaba por empezar un nuevo trabajo. De la condena de 7 años y 9 meses, pasó seis años encerrado en distintas unidades del Servicio Penitenciario Bonaerense —Unidad Penal N° 2 de Sierra Chica, Unidad N° 30 General Alvear, Unidad Penal Magdalena, Unidad N° 31 de Florencio Varela, entre otras—, hasta que recuperó la libertad el 20 de mayo de 2022. “Salí con la condicional y estuve un año y pico presentándome a firmar en el juzgado hasta que se venció la pena”, resume.

Ese encierro también tuvo otra diferencia clave: esta vez, se le ocurrió filmar una película. La idea surgió casi por casualidad. Fue durante una de las visitas que le hizo su pareja. “Si Toia se enterara de que caí preso, seguro se le ocurriría hacer algo”, le comentó él.

Conocía a Toia Bonino de antes, por la familia de su novia, y sabía que hacía documentales. Poco después, en una visita, su novia logró ingresar clandestinamente un celular con el que Marcos empezó a grabar sus días en prisión: cómo comían, dormían, se bañaban o entrenaban. “Al principio solo le enviaba videos para un proyecto que ella estaba haciendo. Después, nos pusimos de acuerdo para armar algo juntos”, cuenta él. A partir de entonces, también registró sus emociones, los conflictos con su pareja y la distancia con su hijo. Todo en audios y videos que le mandaba por WhatsApp.

Marcos Joubert y Toia Bonino durante el estreno mundial de

“Yo estaba harto de hablar con los presos. Siempre eran las mismas cosas. Con Toia en cambio hablaba de temas que me parecían interesantes. Con la película, por momentos logré salir de ahí: seguía estando preso, miraba las mismas cosas, pero de otra forma”, dice Marcos. Y suma: “La otra vuelta me preguntaron si mi objetivo era dejar un mensaje a través de este documental y, te soy sincero, la respuesta es ‘No’. No quería ni quiero dejar un mensaje. A mí, agarrar un teléfono y ponerme a grabar me ayudó a sacar la cabeza del encierro. Otros presos, por ejemplo, estudian una carrera, aprenden a cantar o a tocar un instrumento… A mí me sirvió un teléfono”.

“La manera singular de registrar la vida en la cárcel que tuvo Marcos fue determinante para reconocer en ese material una futura película. A lo largo de seis años, no sólo nuestro vínculo fue cambiando sino también la relación de cada uno con respecto al film que ahora presentamos juntos”, dice Toia.

El resultado fue Plata o mierda, un documental construido a partir de ese intercambio clandestino, que tuvo su estreno en el Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam y que ahora llega a las salas porteñas.

El título es una expresión habitual. “Dentro de la cárcel es como decir: ‘El no ya lo tenés’”, explica Marcos. Puede aplicarse a un pedido para cambiar una fecha de visita de pareja o a una decisión judicial: aceptar un juicio abreviado o arriesgarse a ir a juicio sin saber el resultado. En todos los casos, se trata de lo mismo: jugarse por una opción sin saber qué va a pasar.

El título es una expresión habitual. “Dentro de la cárcel es como decir: ‘El no ya lo tenés’”, explica Marcos

—Por momentos se percibe cierta tensión en algunos audios que le mandás a Toia. ¿Cómo fue tu vínculo con ella en esos seis años?

—Un poco me hizo de psicóloga… Ella es psicóloga, además. A veces me enojaba un poco porque yo le contaba mis dramas y ella me contestaba: “Mmm, bueno, escuchame, ¿por qué no te vas a filmar esto o aquello?” o “Fijate si se puede grabar tal cosa”. Y ahí yo me calentaba. “Te estoy contando mis problemas y vos me pedís que agarre el teléfono. ¿No me estás escuchando?”, le decía. A la distancia entiendo que, a su manera, me empujaba. Como si me dijera: “No te enrosques, hacé esto para no estar pensando tanto en lo otro y por ahí te sentís mejor”.

—Empezaste a filmar en 2017, cuando los celulares estaban prohibidos en las cárceles. ¿Costó ingresarlo y mantenerlo escondido?

—El primero lo metió mi novia en una de las visitas conyugales. Después, hasta la pandemia, los teléfonos se fueron perdiendo: me los encontraban en las requisas y se los llevaban. A veces tenía que estar un tiempo incomunicado o ver cómo hacer para entrarlos. Desde la pandemia hasta el día que me fui, en 2022, siempre usé el mismo teléfono.

—¿Qué fue lo más difícil de atravesar durante esos años de encierro?

Yo sufrí mucho no tener comunicación ni poder ver a mi hijo. Estuve años sin saber de él, sin hablar. Un mes antes de salir en libertad logré que me viniera a visitar. Ahora tiene 15 años, pero cuando dejé de verlo estaba en primer grado. La cárcel no te quita las cosas, lo que te quita es el tiempo. No es lo mismo estar en cana seis meses que diez años. En seis meses capaz que no se te muere tu vieja ni tu hijo se olvida de vos. Pero si estás un par de años, tu vieja se puede morir y tu hijo puede pensar que lo abandonaste. Mis miedos venían por ese lado: “¿Y si se muere mi vieja? ¿Y si no veo más a mi hijo o me muero yo?”. Porque estando en cana, capaz que se te infecta una muela y te moriste… El tema de la convivencia también fue complicado porque yo quería tener todo limpio y ordenado en un espacio muy chico.

—Dijiste que hacer la película por momentos te hace sentir orgullo y por momentos te da vergüenza. ¿De qué te sentís orgulloso y qué es lo que todavía te genera vergüenza?

—Te voy a ser sincero, no sé si es orgullo. El hecho de haber estado encerrado seis años y que, por haber grabado imágenes con un teléfono, haya llegado a donde llegué, para mí es una sorpresa. Yo no me considero cineasta.

—¿Nada? ¿Ni un poquito? La película se estrenó en el 38° Festival Internacional de Cine Documental de Ámsterdam, uno de los festivales de documentales más prestigiosos del mundo.

—Sí, en noviembre de 2025 viajamos con Toia a Países Bajos. Me acuerdo que pensaba: “Hace tres años estaba en la cárcel, comiendo adentro de un baño, y ahora estoy acá comiendo manjares”. Para mí fue re loco. Eso es más como un premio. Me sorprende. Pero no sé si es orgullo. Creo que orgullo voy a tener el día que diga: “Bueno, ahora voy a hacer algo acá afuera que sea exclusivamente mío”. Y vergüenza… siempre. A mí me etiquetan en redes sociales, por ejemplo con el BAFICI, y aparezco agarrado de una reja, padeciendo. Y eso me da vergüenza. Pienso: “¿Qué va a pensar la gente?”. La gente es prejuiciosa. Por eso, cuando vamos a un festival y tengo que pasar al frente y contestar preguntas, no me gusta. No es algo que me de orgullo.

—¿Cómo es tu vida hoy?

Desde que salí estoy trabajando. Arranqué como chofer en una empresa de combis. Después estuve en el MALBA como montajista. Luego trabajé casi dos años en una carpintería, armando muebles. Ahora estoy en una empresa de construcción, en la parte de pintura y terminaciones. Y también con todo lo de la película. Se viene el BAFICI y más adelante veremos si empezamos a competir en otros festivales. Si tenemos suerte, capaz ganamos algo, como ya pasó en Mar del Plata. Seguramente, en un futuro —no sé si tan lejano—, se vuelva a saber de mí. Ahora estoy estudiando fotografía otra vez. Cuando termine, es probable que encare algo por ese lado. Estoy cultivándome.

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