
La portada del álbum Los Patitos Feos, de 1984, tenía una foto de ella. No de Nacha Guevara, sino de Clotilde Acosta, la niña que había precedido a la gran artista y que reflejaba en su rostro la incertidumbre de no saber si algún día sus sueños se harían realidad. Porque, como rezaba la letra del primer single de aquel disco bajo el título de Fuimos los patitos feos, había nacido diferente a los demás. Y había tenido que soportar que intentaran educarla para encajar en una sociedad que no aprobaba. Hasta que un día, sin que nadie se lo pudiera imaginar, desplegó sus alas convertida en cisne para poder volar por necesidad.
Este 3 de octubre, Nacha cumple 86 años. Y, sin lugar a dudas, es una de las mayores referentes del mundo del espectáculo argentino e internacional. Exigente y, por qué no, bastante brava. Pero única. Logró convertirse en una marca registrada. Y triunfó tanto en la música como en el cine, el teatro y la televisión. Pero el éxito no le resultó fácil, ya que desde muy chica tuvo que enfrentar obstáculos de todo tipo. Empezando por su familia.
Nació el 3 de octubre de 1940 en Mar del Plata, como hija de Estanislao “Polo” Hipólito Acosta y Clotilde Isolina Badalucco. Su padre la abandonó cuando tenía apenas 6 meses. Así que recién lo conoció a los 46 años, cuando siendo una mujer decidió buscarlo para confrontarlo por su ausencia, creyendo poder curar así alguna de sus heridas de la infancia. A su madre, en tanto, siempre la definió como una “maltratadora”. Y está claro que, a aquella niña, la sumatoria de todo esto le afectaba la autoestima.
Por entonces, Nacha se refugió en sus abuelos: un inmigrante italiano y una mujer alocada que escandalizaba a los vecinos y de la que, sin duda, ella heredó los genes. Pero también en un obrero de la construcción amigo de la casa, llamado Fausto Vega. “Tenía una mirada perdonadora, esa persona no juzgaba como mi familia, no hacía comentarios cínicos, no criticaba, era una especie de predicador laico de lo que él había aprendido”, decía sobre ese hombre al que escuchaba fascinada cuando tenía apenas 4 años y que la marcó para toda la vida.

Por lo demás, odió a todos sus maestros de escuela. Fue la peor alumna. La educación tradicional no era para ella, que soñaba con los escenarios. Sí, el Teatro Colón, donde estudió danzas clásicas desde los 8 años. Pero era lo que en aquellos tiempos se decía una niña “rebelde”. Y esa rebeldía tenía sus consecuencias. “No tuve una infancia feliz. Era muy fantasiosa yo y, seguramente, me aislaba en eso, creando mis mundos propios”, explicaba sobre aquella etapa.
Siempre dijo que nació vegetariana. No era una moda, ni una recomendación de los especialistas. Por aquellos años, era casi impensado que alguien no comiera carne. Pero ella la rechazaba. A tal punto, que estuvo dispuesta a soportar varias palizas de su madre con tal de no claudicar en sus convicciones. Era una niña “rara”, según sus propias palabras. Y hoy, al ver lo espléndida que luce Nacha a pesar del paso del tiempo, muchos le piden consejos. Pero en aquel momento, lamentablemente, era un motivo más para que la segregaran.
Claro que, muchas veces, el que está cómodo en un lugar no se esfuerza por moverse de ahí y el que la pasa mal, en cambio, lucha por salir adelante. Y eso fue lo que pasó con Nacha. La pequeña retraída, esa de la mirada triste que aguantaba los golpes, un día decidió empezar a construir su propio destino. Arrancó tomando clases de actuación con Juan Carlos Gené. Sus primeros trabajos fueron como modelo y en obras de teatro independiente. Hasta que en 1965 llegó su debut profesional con “tres papelitos chiquitos” en una versión de Locos de Verano, en el Teatro General San Martín.
Como cantante, comenzó a ofrecer shows en francés en el Centro de Artes y Ciencias. Pero, sin lugar a dudas, su despegue llegó con Nacha de noche, un espectáculo musical experimental de canciones que presentó en 1968 y que la vinculó con el Instituto Di Tella, un espacio cultural donde convivían muchos rebeldes como ella. “Lo que se permitió el grupo fue equivocarse. Equivocarse y no buscar resultado. El éxito está en la experiencia, el éxito es hacer la experiencia”, decía sobre aquella época.

Pero ser rebelde tiene su costo. Nacha lo sabía desde chica. Y lo ratificó en octubre de 1974, cuando se vio obligada a exiliarse del país. Primero se fue por unos meses. Cuando volvió, hizo una versión de Las mil y una Nachas con la que pensaba debutar en el complejo teatral Estrellas. Pero estalló una bomba en la sala justo antes del estreno. Y, en paralelo, fue amenazada junto a otra veintena de artistas por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Así que no le quedó más remedio que abandonar el país con su marido, Alberto Favero, y sus tres hijos: Ariel, fruto de su matrimonio con Anteo del Mastro, Gastón, de su pareja con Norman Briski, y Juan Pablo, de quien era su compañero en ese momento.
“Nos dieron 48 horas para irnos del país, y me ofrecieron una alternativa. Yo consulté con un periodista para que averiguara si esa amenaza era verdadera. Y cuando estábamos esperándolo en un auto bajó y dijo: ‘La amenaza es auténtica. Ahora, si dejás de cantar Yo te nombro libertad o De qué se ríe señor ministro te podés quedar’. Yo estaba con mi tercera pareja, lo miré y le dije: ‘Vámonos, porque hoy me piden esto y mañana me van a pedir que me baje los calzones’”, recordaba sobre ese momento.
La pasó mal. Se fue a Perú, sin dinero y sin trabajo, y a los pocos días pasó por un terremoto de 7,6 en la escala de Richter. Al tiempo viajó a México, donde al principio tampoco le fue tan bien. Y, ya con más suerte, hizo una gira que la llevó a Brasil, Cuba y España. Pero ella quería llegar a Broadway. Sobre todo, para demostrarle a los que la habían obligado a irse de su país que podía. Y, finalmente, desembarcó en los Estados Unidos de la mano del productor y director teatral Harold Prince. Así que entendió que la injusticia de la que había sido víctima había sido el incentivo para lograr su objetivo, ya que de lo contrario quizá nunca habría intentado triunfar en el exterior.
Volvió a la Argentina en 1984. Y el resto es historia conocida. Sus más de seis décadas de carrera incluyen trabajos como teatrales como Anastasia querida, Aquí estoy, Eva, el gran musical argentino y Tita, una vida en tiempo de tango. También participó de películas como Miss Mary, El lado oscuro del corazón y No te mueras sin decirme adónde vas. Grabó discos como Nacha Guevara Canta, Heavy Tango y Voy a cantar lo que se me canta. Y fue jurado de programas de televisión como ShowMatch y Cantando por un sueño.

“La libertad es la eterna búsqueda. Y no estamos hablando solo de la libertad de los derechos civiles, porque eso, desde luego, es lo básico, lo elemental, lo que ya debería estar. Pero hay otra libertad, que se llama la libertad interior y es la libertad de ser quien uno verdaderamente es. Es muy difícil ser libre con esa carga que todos traemos, porque todos nacemos en una familia y recibimos esa influencia, pero tienen que saber que lo que fue cierto ayer no necesariamente es cierto hoy. Y ahí es donde comienza la libertad: la libertad de saber qué me pertenece y qué fue inculcado”, explicaba. Nacha, claramente, lo entendió. Y por eso un día dejó de ser patito feo, se convirtió en cisne y empezó a volar.



