Voluntariado intergeneracional: una iniciativa que promueve la longevidad activa

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Las voluntarias mayores participan cada semana en hogares infantiles, compartiendo lecturas, juegos y canciones para estimular el desarrollo afectivo y cognitivo de los niños.

La puerta se abre hacia adentro y el ruido de la calle queda atrás. En la sala no hay sillas suficientes. Tampoco mucho espacio. Hay mochilas colgadas, juguetes que aparecen y desaparecen en el piso, una pared con dibujos que nadie firmó. Es la casa de los chicos, un hogar convertido en aulas.

Elsa Migliori, 81 años, exdocente y exdirectiva de jardines maternales, se inclina para ordenar unos libros infantiles. Los pasa uno por uno.

—Este les va a gustar —dice, pero no hay certeza en la frase.

Lo ensayó toda la semana. Contó el cuento en voz alta en su casa. Midió los silencios. Imaginó las reacciones. Pero acá, en esta habitación donde entran y salen chicos de entre cuarenta y cinco días y cinco años, nada responde a ese cálculo.

Todo ocurre en el Hogar Creciendo, gestionado por la Fundación Vivencias. Las voluntarias de la Fundación Navarro Viola llegan cada semana para leer, cantar e improvisar. La consigna es simple: generar un vínculo. El método es incierto.

Qué hacen las voluntarias

—Nos acomodamos donde podemos —dice una de las mujeres, mientras apoya una bolsa con libros sobre una mesa baja.

Es martes. El grupo de mujeres voluntarias llega antes, siempre antes. Preparan el espacio. Banderines, guirnaldas, algún muñeco que alguien trajo de su casa. Una canción que ensayaron frente al espejo. Un cuento que, tal vez, no funcione.

“Un chico se acerca, le toca el brazo a Elsa y se va sin decir nada. Otro llora. Una cuidadora cruza la sala con un bebé en brazos.” Alguien pide ir al baño. La actividad todavía no empezó.

La Fundación Navarro Viola, organización dedicada a la inclusión social de adultos mayores, desarrolló en la última década un modelo de activación social inédito para personas mayores, a través del programa Voluntariado +60, que contabiliza actualmente 160 participantes y registra un crecimiento del 1.208% entre 2023 y 2024.

Esta expansión, liderada por la psicóloga Belén Fernández Moores, responde tanto a las transformaciones demográficas que afronta la sociedad argentina como a la búsqueda de nuevas formas de protagonismo y sentido en las etapas avanzadas de la vida.

Con este modelo, la Fundación Navarro Viola, fundada en 1973 por María del Carmen, Sara y Marta Navarro Viola de Herrera Vegas, mantiene vigente su objetivo de respaldar la educación, la medicina social y la atención de las personas mayores. La organización adapta su misión, cincuenta años después de su origen, a las exigencias contemporáneas a través de diversos programas, entre los cuales el voluntariado intergeneracional se ha convertido en un pilar estratégico.

El trabajo intergeneracional impacta tanto en los niños —que reciben estímulos afectivos y cognitivos— como en los voluntarios, quienes experimentan renovada vitalidad y sentido de pertenencia.

El impacto del voluntariado en la vida de los mayores

Según datos difundidos por la Fundación Navarro Viola, el 99% de los voluntarios recomienda la experiencia y desea continuar, mientras que el 90% detecta una mejora en su bienestar general tras participar del voluntariado. La coordinadora Belén Fernández Moores detalla que el 84% indica propósito más claro en esta etapa vital y un porcentaje idéntico vincula la actividad con un aumento en su felicidad y satisfacción personal.

Esta prueba coincide con estudios publicados en revistas académicas internacionales, según los cuales el voluntariado contribuye a la longevidad y se asocia a un mayor bienestar neurológico y social.

Las actividades intergeneracionales promueven vínculos sociales, combatiendo la soledad y mejorando la salud física y mental de los adultos mayores.

—Hoy hay cada vez más estudios que sostienen que el voluntariado mejora la salud y la longevidad. ¿Cómo lo viven ustedes? ¿Qué les pasa en lo personal cuando participan?

Susana Ferrin, quien fuera médica pediatra, ordena la idea y responde:

—Para mí el voluntariado es una farmacia completa. Perdón que lo lleve a mi terreno, pero es inevitable. Hay un bienestar real: intervienen todas esas hormonas de las que hablan los estudios, las que mejoran la calidad de vida, sobre todo a nivel neuronal y en las relaciones sociales.

Hace una pausa breve, como si eligiera cuánto simplificar.

—No hace falta nombrarlas —agrega—, pero funcionan en conjunto. Y eso se traduce en algo concreto: mejora la salud.

Después baja el tono, deja el lenguaje técnico.

—Sobre todo en personas mayores. Estamos atravesando una epidemia de soledad. Y el voluntariado genera algo muy simple: vínculos. Conexiones entre pares y también hacia otros.

Mira al resto del grupo, buscando acuerdo.

Susana Ferrin, médica pediatra con más de cuatro décadas de trayectoria, encontró en el voluntariado una continuidad de su vocación de cuidado, ahora enfocada en el trabajo comunitario.

“El programa Voluntariado +60 propone una estructura flexible, de ciclos cortos y acompañamiento personalizado, accesible para quienes buscan involucrarse activamente, sin compromisos a largo plazo”, explica Fernández Moores. Este esquema incluye capacitación específica, formación en trabajo en equipo y experiencias significativas tanto a nivel individual como colectivo.

Horas antes, la jornada ya estaba en marcha.

—Me levanté a las cinco y media —contó una de las voluntarias en una reunión previa—. No podía dormir.

No es un caso aislado. La preparación empieza mucho antes de llegar. En grupos de WhatsApp se reparten tareas: quién lleva qué libro, qué canción probar, qué hacer si los chicos no quieren escuchar.

Stella Maris Tienda, 65 años, contadora pública, lo explica como si fuera una rutina laboral que nunca terminó del todo: “Estudio un poco antes. Leo lo que manda Belén, pienso qué podemos hacer. Nos escribimos en la semana. Siempre estamos activas”.

Belén Fernández Moores tiene hijos chicos, agenda ajustada y una tarea difícil: ordenar algo que, por naturaleza, tiende a desbordar.

—La palabra clave es flexibilidad. Todo el tiempo pasan cosas. El tiempo es muy valioso. Que elijan estar acá tiene un valor enorme.

La historia de cada una empieza mucho antes del instante compartido. Elsa fue maestra en escuelas de la provincia de Buenos Aires. Después trabajó cuarenta años en el Banco Provincia. Terminó coordinando jardines maternales en distintas ciudades. Cuando se jubiló, buscó seguir en contacto con la educación.

—El magisterio es una vocación. Eso no se pierde.

Pasó por programas de lectura para personas ciegas, por iniciativas del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Hasta que llegó a la Fundación Navarro Viola, organización dedicada a la inclusión social.

—Pensé que mi experiencia me iba a servir. Sirve, pero acá pasa otra cosa. Esa “otra cosa” aparece en frases que se repiten.

“Es un ida y vuelta.”

“Recibo más de lo que doy.”

“Salgo renovada.”

No son consignas institucionales. Son descripciones de los sentimientos y emociones que se generan en cada acción. El programa despliega su accionar en ámbitos de primera infancia, culturales y de acción solidaria. En el voluntariado con niños pequeños, mayores visitan instituciones educativas y hogares donde comparten lecturas, juegos y canciones.

Al margen de la labor con la infancia, el voluntariado cultural ofrece talleres ideados y coordinados por los propios mayores, orientados al intercambio y el aprendizaje entre pares. Además, se llevan adelante campañas solidarias que asisten a poblaciones vulnerables, desde familias necesitadas hasta mujeres recién externadas de extensos procesos de internación psiquiátrica.

Belén Fernández Moores reconstruye lo que todavía conmueve.

—El Hospital Esteves había diseñado un dispositivo de medio camino. Eran mujeres con más de treinta o cuarenta años de internación psiquiátrica. No manejaban dinero, no administraban su medicación, habían perdido autonomía en casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Presentaron el proyecto al Premio Bienal de la fundación y lo ganaron. Con ese apoyo pudieron empezar a implementarlo: equipar una cocina, entrenarlas en rutinas básicas, prepararlas para una vida fuera del hospital.

Belén Fernández Moores coordina el programa Voluntariado +60 y articula equipos, capacitaciones y proyectos que vinculan a personas mayores con iniciativas sociales en distintos territorios.

El proceso avanzó hasta que apareció un obstáculo concreto.

—Cuando llegó el momento de la externación, nos llamaron —dice—. Tenían a nueve mujeres listas para salir, pero una casa vacía. “No sabemos cómo equiparla”, nos dijeron.

La respuesta no surgió de un plan previo.

—Ahí aparecieron las voluntarias. Propusimos hacer una recolección. Y lo que pasó después fue inmediato.

Stella Maris Tienda trabajó desde los dieciocho años en el mismo grupo empresario. Estudió mientras trabajaba. Fue tesorera. Se jubiló a los cincuenta y nueve. Después vino la pandemia.

—Y yo qué hago —recuerda haber pensado.

Probó cursos. Jardinería, botánica. Hasta que una amiga la invitó a un taller en la fundación.

—Nunca me interesó el arte. Pero me encontré con otra cosa.

Ese “puntapié inicial” derivó en el voluntariado. Primero, como desafío personal.

—Me anoté sola. Quería despojarme de prejuicios.

Después, como rutina.

En su relato aparecen escenas que no estaban en su vida anterior: bailar canciones infantiles frente a chicos, preparar actividades, coordinar con personas que no conocía.

—Me cambió la vida —dice.

El 99% de los voluntarios recomienda la experiencia y el 90% detecta una mejora en su bienestar general tras sumarse al Voluntariado +60.

Cómo sumarse al programa Voluntariado +60

El mecanismo de acceso al voluntariado es abierto, con convocatorias bianuales en los primeros quince días de febrero y agosto, publicadas en las redes sociales y la web de la fundación.

Las inscripciones permanecen activas entre siete y diez días y luego comienzan las instancias de conformación de equipos. Según Fernández Moores, el requisito fundamental es tener más de sesenta y voluntad de colaborar, porque “el trabajo en equipo exige que todos sean considerados en igualdad”.

El proceso de capacitación abarca tanto habilidades específicas (como narrativa para infancias) como dinámicas de grupo y talleres de formación general, destinados a optimizar la inserción y el impacto social.

“El primer día la preparación comienza incluso antes de llegar. Las voluntarias trabajan la previa: estudian, planean, se conectan por WhatsApp, y al llegar al hogar preparan el lugar. Cada encuentro es diferente y exige improvisación y empatía”, detalla Fernández Moores.

La escena vuelve al hogar. Una canción empieza a funcionar. Los chicos repiten una palabra. Una voluntaria se disfraza con algo improvisado. Hay risas de algunos.

—Se nos hace corto —dice Elsa.

Cuando termina la actividad, no hay cierre formal. Los chicos se van. Las voluntarias guardan los materiales. Desarman lo que armaron.

—Salgo con el corazón estallado —dice Stella. Es que una no es voluntaria. Es beneficiaria.

Elsa Migliori, exdocente y especialista en educación inicial, trasladó su experiencia en aulas y jardines maternales al voluntariado, donde hoy participa en actividades de lectura y acompañamiento a la primera infancia.

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