La selección argentina tiene ese “qué se yo”

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La selección argentina terminó festejando después de otro sufrido partido (Imagen Ilustrativa Infobae)

La selección argentina, como dice el viejo tango de Piazzolla y Goyeneche, tiene ese “qué sé yo”. Sufre y sufre, pero va. Se tambalea, parece quedar al borde del abismo, obliga a sus hinchas a mirar el reloj con el corazón en la garganta y, aun así, encuentra la manera de seguir caminando. No siempre domina ni juega como quiere. No siempre logra que el partido transite por los lugares que imaginó. Pero cuando el escenario se vuelve incómodo, cuando la lógica empieza a resquebrajarse y el fútbol deja de ofrecer certezas, aparece algo que la sostiene. Aura, historia y un pueblo futbolero detrás.

El fútbol moderno pretende explicarlo todo. Los mapas de calor, los goles esperados, las presiones exitosas, la altura de los bloques y la cantidad de pases progresivos intentan traducir el juego a un idioma comprensible. Y claro que sirven. Permiten analizar por qué un equipo ataca mejor, dónde recupera la pelota o cuáles son sus problemas defensivos. Pero hay partidos —y equipos— en los qué esas herramientas no son suficientes.

¿Cómo se explica la mentalidad ganadora? ¿Cómo se explica el hambre de gloria? ¿Cómo se explica este deporte en un país cuya idiosincrasia es profundamente futbolera y competitiva?

Todo eso, y mucho más, es lo que le otorga al jugador argentino un estatus de jerarquía alrededor del mundo. Es lo que explica que nuestros futbolistas lleguen a otras ligas, compitan desde el primer día y, al poco tiempo, terminen convirtiéndose en referentes o capitanes. Hay una forma de vivir el juego, de asumir la presión y de entender la competencia que parece venir incorporada.

Los jugadores celebrando el triunfo de cara a los hinchas en Kansas City (Foto REUTERS/Agustín Marcarian)

Y eso también está en esta Selección. No como una fórmula exacta ni como una verdad científica, sino como una marca cultural. Una manera de jugar, de resistir y de no aceptar la derrota mientras todavía quede una pelota por disputar. Es un poco la insignia que nos envidia el mundo entero.

Ese “qué sé yo” no reemplaza al fútbol. Pero muchas veces lo completa. Y hasta ahora le alcanzó. Le alcanzó con el corazón, con las individualidades y con una cuota grande de rebeldía. No siempre desde la brillantez, pero sí desde la convicción.

Argentina volvió a encontrar dificultades para jugar. Otra vez cedió espacios entre líneas con demasiada facilidad y, justamente por ahí, llegó el gol de Dan Ndoye. No es la primera vez que le sucede en este Mundial. Como tampoco es la primera vez que le cuesta cerrar los partidos cuando consigue ponerse en ventaja. O, quizá, simplemente ese sea el libreto de esta Selección. La receta, discutible o no, con la que termina sufriendo cada clasificación.

Esta vez Lionel Messi no pudo convertir (Foto Reuters/Denny Medley)

No fue una gran noche de Lionel Messi. Tampoco encontró respuestas por el lateral derecho, un sector que volvió a exponer algunas de las carencias del equipo. Argentina no lograba imponerse desde el juego y el partido empezaba a entrar en ese terreno incómodo que tanto le gusta a Suiza.

Entonces apareció la pelota parada. Bendita pelota parada. Esa que Walter Samuel trabaja obsesivamente y que ya le dio más de una solución a este equipo. Se sabía que era una de las principales debilidades del conjunto helvético y Argentina la aprovechó para romper el cero y golpear donde más daño podía hacer.

Cuando Suiza atravesaba su mejor momento llegó la jugada que cambió el partido. La expulsión de Breel Embolo por doble amarilla, tras una simulación por una inexistente falta de Leandro Paredes en la mitad de la cancha, dejó a los europeos con diez futbolistas. Una decisión que seguramente generará debate entre quienes desconfían del VAR, pero que, desde el reglamento, fue correcta. Y terminó modificando por completo el desarrollo del encuentro.

Julián Álvarez se vistió de héroe para rescatar al equipo con un golazo (Foto REUTERS/Agustín Marcarian)

Ya en el tiempo suplementario, el partido fue prácticamente todo argentino. Con más empuje que claridad. Suiza resistía con una zaga central de enorme nivel, sostenida además por los buenos ingresos desde el banco, mientras todavía encontraba fuerzas para lanzar algún contraataque valiente. Murió de pie. Pero no le alcanzó.

Cuando el partido pedía un héroe, irrumpieron la calidad, la jerarquía y la locura de Julián Álvarez. La Araña decidió reencontrarse con el gol con un zapatazo inmejorable al ángulo. Un desahogo para él y para todo un pueblo argentino que ya empezaba a rezar para no volver a jugarse la clasificación desde los doce pasos.

Y cuando todo estaba perdido para los suizos, volvió a aparecer el hambre de Julián. Un déjà vu de lo ocurrido frente a Egipto. Presionó, robó una pelota que parecía perdida, Thiago Almada condujo el ataque y Lautaro Martínez aprovechó el barro para sentenciar la clasificación. Mojaron los dos nueves. Difícil imaginar una noticia mejor para Lionel Scaloni a las puertas de una semifinal.

Argentina no entra en pánico. No le teme a la adversidad. No se desespera cuando el reloj empieza a correr en su contra. Es un equipo que aprendió a convivir con la incomodidad, a aceptar que los partidos de un Mundial rara vez se juegan exactamente como fueron planificados. Pragmático como pocos. Nunca se enamora tanto de una idea como para olvidarse del objetivo.

La Scaloneta está jugando por debajo del nivel que gran parte del mundo del fútbol imaginaba antes del torneo. Le está costando reencontrarse con la fluidez de otros tiempos y por momentos deja dudas futbolísticas. Sin embargo, sostiene algo que fue sagrado en aquel proceso de Qatar y que sigue siendo el mayor patrimonio de este grupo: el alma por sobre el botín.

Parte de esa fortaleza se explica en el vínculo que construyó el grupo. Con los años, este plantel dejó de ser solamente un conjunto de grandes futbolistas y se transformó en una familia. Hay una confianza interna que se nota en los festejos post partido. Rodrigo De Paul lo resume muy bien en El método Scaloni: uno por la familia deja la vida. Esa unión no garantiza jugar bien, pero sí explica por qué Argentina rara vez se entrega.

El gran ejemplo de esto es Lionel Messi. No tuvo su noche más fina. Se lo vio más cansado que de costumbre y lejos de esa influencia permanente a la que acostumbró durante tantos años. El orden táctico helvético también lo apagó. Sin embargo, volvió a encontrar otra manera de ayudar desde el pase. El centro preciso para que Alexis Mac Allister encontrara el gol de cabeza fue una muestra más de que su incidencia está más viva que nunca. Y quizá esta clasificación envuelva un valor enorme de este grupo: hace tiempo que le demostraron al Diez que ya no necesita cargar el Mundial sobre sus hombros. Ellos también están dispuestos a correr, sufrir y, si hace falta, morir por él.

En la semifinal se viene nada menos que Inglaterra (Foto REUTERS/Amanda Perobelli)

Ahora el destino vuelve a poner a Inglaterra del otro lado. Una semifinal de Mundial. Imposible no dejar que la memoria viaje. Imposible no pensar en la historia, en las heridas, en los fantasmas y en los héroes que construyeron uno de los capítulos más intensos del fútbol argentino. Y de nuestros capítulos más oscuros como sociedad.

Messi tendrá una definición más para escribir en su carrera. Quizá la última. Y si alguna vez heredó algo de Diego, ojalá sea, por encima de cualquier comparación imposible, la capacidad de disfrutar estos escenarios. Porque hay partidos que trascienden el resultado y Argentina volverá a jugar uno de esos.

Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo. Seguimos y vamos con el corazón. Contra todos.

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