Dos disparos, un amor prohibido y 20 millones de muertos: el adolescente que encendió la mecha de la Primera Guerra Mundial

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El archiduque Francisco Fernando era heredero del Imperio austrohúngaro (derecha). Gavrilo Princip lo asesinó en Sarajevo, en medio de una conspiración (izquierda)

La mañana del 28 de junio de 1914, Gavrilo Princip desayunó en un bar de Sarajevo. En un bolsillo tenía una pistola calibre 32. En el otro, una cápsula de cianuro para suicidarse, si es que hacía falta. Tenía diecinueve años. Era flaco, pálido, tuberculoso. Había caminado hasta el Puente Latino de esa ciudad convencido de que lo que estaba a punto de hacer no era un crimen sino un acto de liberación. Que su nombre iba a quedar en la historia como el de un patriota. O que no iba a quedar en ninguna parte porque estaría muerto.

Lo que nadie sabía esa mañana era que los dos tiros que Princip iba a disparar un rato después contra el archiduque austro-húngaro Francisco Fernando iban a matar a más de veinte millones de personas.

Los Balcanes, siempre en ebullición

A fines del siglo XIX, los Balcanes ya eran un gran mosaico de pueblos distintos: convivían allí serbios, croatas, eslovenos, bosnios, búlgaros, albaneses, entre otros. Profesaban religiones distintas —ortodoxos, católicos, musulmanes—, y en su mayoría no se gobernaban a sí mismos. El dominio de esa región de Europa estaba repartido entre dos grandes imperios en decadencia: el Imperio Otomano, que venía de Oriente, y el Imperio Austrohúngaro, que venía del norte y el oeste.

El Imperio Austrohúngaro era una construcción política enorme y particular: una sola corona gobernaba a más de cincuenta millones de personas de una docena de nacionalidades distintas. Alemanes, húngaros, checos, polacos, croatas, serbios, eslovenos, rumanos.

Nueve de los detenidos por los atentados cometidos el 28 de abril de 1914. Fotografía: Revista Caras y Caretas.

Todos vivían bajo las órdenes del mismo emperador, que residía en Viena. Era un Estado que funcionaba —más o menos— mientras cada pueblo aceptara vivir dentro de ese paraguas común. El problema era que, a principios del siglo XX, cada vez menos pueblos estaban dispuestos a aceptar esa condición.

Los serbios, en particular, tenían sus propios planes. Serbia era en ese entonces un reino pequeño pero crecía con potencia. En las Guerras de los Balcanes de 1912 y 1913, el ejército serbio había ganado territorios importantes y el orgullo nacional estaba en su punto más alto. Muchos serbios empezaron a soñar con algo más grande: una nación que reuniera a todos los eslavos del sur bajo una misma bandera.

El problema era que muchos de esos eslavos del sur —incluyendo a los bosnios serbios, los croatas y los eslovenos— vivían dentro del Imperio Austrohúngaro. Para Viena, esa ambición serbia era una amenaza directa a su territorio. Para los nacionalistas serbios, Viena era el gran obstáculo a remover.

Bosnia era el punto de mayor conflicto. En 1878, Austria-Hungría había ocupado Bosnia y Herzegovina, que hasta entonces pertenecía al Imperio Otomano, que a la vez estaba en proceso de desintegración. En 1908, el Imperio Austrohúngaro fue más lejos: anexó formalmente Bosnia y la declaró propia, como si fuera una provincia más de su Imperio.

Esa decisión encendió la furia de Serbia y de los nacionalistas bosnios de origen serbio que vivían allí. Bosnia no era austríaca, Bosnia era eslava, y por eso debía ser libre. Ese era el clima en el que creció Gavrilo Princip. Y ese también era el clima en el que nació Joven Bosnia.

Los jóvenes dispuestos a morir por una causa

Joven Bosnia fue una organización que integraban estudiantes de distintos pueblos: bosnios serbios, bosnios croatas, bosnios musulmanes. Los unía el sueño de una gran nación eslava del sur, libre del dominio austrohúngaro.

Francisco Fernando de Austria (1863-1914), y su esposa Sofia Chotek von Chotkowa (1863-1914), archiduques de Austria. Su asesinato en Sarajevo el 28 de junio de 1914 provocó el inicio de la primera guerra mundial. Grabado de 1923. (Grosby)

El máximo ideólogo de ese sueño se llamaba Vladimir Gaćinović y estaba convencido de que el tiranicidio era una forma legítima de la lucha política. Los jóvenes que integraban la organización no buscaban dinero ni poder. Habían leído a los anarquistas rusos y a los revolucionarios italianos del siglo XIX y estaban dispuestos a morir por su causa.

Danilo Ilić era uno de los cabecillas de Joven Bosnia en Sarajevo, la ciudad capital de Bosnia y Herzegovina. Había sido maestro y empleado de banco, y en 1913 y 1914 vivía con su madre en una pequeña pensión de la ciudad.

Fue él quien se encargó de reclutar a los que ejecutarían el magnicidio: Gavrilo Princip, Nedeljko Čabrinović, Vaso Čubrilović, Trifko Grabež, Muhamed Mehmedbašić y Cvjetko Popović. Seis jóvenes, casi todos adolescentes, distribuidos a lo largo del recorrido que haría el automóvil del archiduque Francisco Fernando por las calles de la ciudad.

Detrás de Joven Bosnia no había sólo adolescentes en busca de la liberación de su pueblo. El coronel Dragutin Dimitrijević, jefe del espionaje militar serbio, era el hombre que conectaba a los jóvenes idealistas con el aparato de inteligencia del Estado serbio. El mayor Vojislav Tankosić, su mano derecha, fue quien armó y entrenó a los ejecutores del atentado. El espía Rade Malobabić fue quien les abrió las rutas clandestinas para pasar las armas desde Belgrado, la capital serbia, hasta Bosnia.

Un matrimonio rechazado

El 28 de junio de 1914 era Vidovdan, el Día de San Vito, la fecha más simbólica del calendario nacionalista serbio: conmemora la batalla de Kosovo de 1389, cuando los turcos otomanos derrotaron a los serbios medievales. Para el imaginario serbio, era el día del martirio y la resistencia. Elegir esa fecha para el atentado fue todo menos una casualidad.

Una imagen de los últimos minutos de vida de la pareja de archiduques: faltaban instantes para el asesinato en el Puente Latino de Sarajevo. Fotografía Wikipedia.

El archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador Francisco José I y heredero al trono del Imperio Austrohúngaro, llegó a Sarajevo esa mañana junto a su esposa, la duquesa Sofía Chotek. La visita tenía dos propósitos oficiales: supervisar maniobras militares del ejército austrohúngaro en Bosnia e inaugurar nuevas instalaciones del museo público de la ciudad. El itinerario del recorrido en automóvil descapotado por las calles principales había sido publicado en la prensa días antes. Sin secreto de ningún tipo.

Había también una razón personal para que Francisco Fernando estuviera en Sarajevo ese día. Era su aniversario de bodas: cumplía catorce años unido en matrimonio con Sofía. La corte vienesa nunca había aceptado del todo su casamiento: Sofía era una condesa checa de linaje menor, y el emperador sólo había dado su consentimiento con la condición de que sus hijos jamás pudieran heredar el trono. Francisco Fernando y Sofía tenían prohibido vivir su amor en plenitud.

En los actos públicos en Viena, Sofía no podía siquiera sentarse al lado de su marido. Pero en Sarajevo, donde Francisco Fernando ejercía funciones militares, el protocolo imperial cedía. Podían estar juntos, en el mismo carruaje, en público, como una pareja normal.

Los seis conspiradores tomaron sus posiciones a lo largo del Quai Appel, la avenida principal que bordeaba el río Miljacka. Si uno fallaba, el siguiente podía intentarlo. A las 10.15, cuando los vehículos imperiales pasaron frente a Nedeljko Čabrinović, el primero en el trayecto, el integrante de Joven Bosnia arrojó una granada. El archiduque la vio venir y la desvió con el brazo.

La granada rebotó en el baúl del auto, cayó al suelo y explotó debajo del vehículo que venía detrás, hiriendo a varios ocupantes y a algunos peatones que asistían al desfile imperial. Čabrinović se tragó su cápsula de cianuro y saltó al río. Pero el cianuro era viejo y apenas le produjo náuseas. El río Miljacka tenía ese día apenas diez centímetros de profundidad. Fue detenido de inmediato.

La Policía captura a un sospechoso después del asesinato del archiduque austrohúngaro Francisco Fernando (WIkimedia)

El convoy de vehículos oficiales aceleró. Los conspiradores siguientes, agobiados por el caos y la velocidad, no actuaron. El cortejo llegó al Ayuntamiento, donde se realizó el acto oficial previsto. Francisco Fernando estaba furioso. Había venido en medio de una visita de Estado y lo habían recibido nada menos que con bombas.

Un cambio de planes fatal

Después del acto, el archiduque cambió el plan que tenían previsto para él los organizadores de su agenda. Quería ir al hospital a visitar a los heridos del atentado. El problema fue que, a pesar de ese cambio, nadie le avisó al conductor del auto imperial sobre el nuevo recorrido. El chofer tomó el camino original. Cuando lo corrigieron, intentó girar en el Puente Latino para ir hacia el centro asistencial. El auto frenó y quedó parado durante unos segundos a menos de dos metros de la vereda.

Gavrilo Princip estaba parado exactamente ahí. Había salido a comprar algo para comer, creyendo que la oportunidad de cometer lo que consideraba un tiranicidio ya había pasado. Pero vio a su objetivo frente a él y no dudó: sacó la pistola y disparó dos veces. El primer balazo impactó en el cuello de Francisco Fernando. El segundo, en el abdomen de Sofía.

Sofía murió durante el trayecto al hospital. Francisco Fernando alcanzó a preguntar por ella y a repetir varias veces “Sopherl, Sopherl, no te mueras” antes de perder el conocimiento. Murió pocos minutos después.

Como el hombre que había arrojado la granada, Princip intentó suicidarse. Pero su cianuro también estaba degradado. Fue detenido en el acto, golpeado por la multitud, y arrestado.

La mecha que encendió a toda Europa

El atentado de Sarajevo fue el detonante de una tensión que ya estaba lista para explotar. En 1914, las grandes potencias europeas habían firmado entre sí una serie de tratados de alianza militar: eran, básicamente, promesas de que si alguna de ellas era atacada, las otras entrarían en guerra para defenderla. El Imperio Alemán y el Imperio Austrohúngaro eran aliados. A la vez, Francia, Rusia y el Reino Unido también estaban comprometidos a apoyarse mutuamente. Si una pieza del continente caía, todas las demás caían detrás.

Funeral de los archiduques de Austria, un matrimonio repudiado por el imperio. (Wikimedia)

Tras el asesinato de Francisco Fernando, Austria-Hungría tardó casi un mes en reaccionar. Tenía que decidir cómo responder, y contaba con el respaldo explícito de Alemania. El 23 de julio, presentó a Serbia un ultimátum de diez puntos.

Era un texto humillante, diseñado para ser rechazado: Austria exigía, entre otras cosas, que funcionarios austrohúngaros participaran directamente en la investigación judicial dentro del territorio serbio. Era pedirle a Serbia que cediera su soberanía. Serbia aceptó nueve de los diez puntos. El único que rechazó fue ese. Para Austria-Hungría no fue suficiente.

El 28 de julio de 1914, exactamente un mes después del asesinato de Francisco Fernando y Sofía en el Puente Latino, Austria-Hungría le declaró la guerra a Serbia. Lo que siguió a esa declaración fue un efecto dominó que nadie se atrevió a frenar. Rusia, que se consideraba una especie de protectora natural de los pueblos eslavos y no podía permitirse quedarse quieta mientras Serbia era aplastada, movilizó su ejército.

Alemania, aliada de Austria-Hungría, le declaró la guerra a Rusia. Francia, aliada de Rusia, quedó automáticamente en guerra con Alemania. Alemania invadió Bélgica para atacar Francia por el flanco más desprotegido. El Reino Unido, que tenía un tratado de neutralidad con Bélgica, le declaró la guerra a Alemania. En menos de una semana, las principales potencias europeas protagonizaban la Primera Guerra Mundial.

El juicio de Sarajevo. Princip está sentado en el centro de la primera fila (AFP PHOTO/HISTORICAL ARCHIVES OF SARAJEVO)

Todos esperaban que fuera una contienda corta. Que durara, como máximo, algunos meses. Pero los pronósticos fallaron: la guerra duró cuatro años y dos meses. Murieron entre nueve y diez millones de soldados. Murieron, además, entre siete y ocho millones de civiles. Cayeron cuatro imperios: el Austrohúngaro, el Alemán, el Ruso y el Otomano.

El mapa del mundo quedó completamente reconfigurado. Y la paz que siguió, el Tratado de Versalles de 1919 que aplastó a Alemania y la sumió en la pobreza y el resentimiento, plantó las semillas del nacionalismo alemán del que surgiría Adolf Hitler y a partir del cual estallaría la Segunda Guerra Mundial.

Prisión en un campo de concentración

Gavrilo Princip tenía 19 años cuando mató al archiduque. En el Imperio Austrohúngaro, la ley prohibía ejecutar a menores de 20 años. Lo condenaron a dos décadas de prisión, la pena máxima para su edad. Lo encerraron en la prisión de Terezín, una especie de campo de concentración que funcionaba con condiciones brutales: humedad permanente, frío, un régimen de castigo sin pausa.

La tuberculosis que ya lo carcomía antes del atentado se agravó dentro de la celda. Le amputaron el brazo derecho. Murió el 28 de abril de 1918, hace exactamente 108 años, cuando la guerra que había desencadenado todavía no había terminado. Tenía veintitrés años.

Se estima que hubo unos 20 millones de muertos durante la Primera Guerra Mundial

Nedeljko Čabrinović, el que arrojó la primera granada y fracasó, corrió la misma suerte: condenado a veinte años por ser también menor de edad, murió de tuberculosis en Terezín en enero de 1916. Tenía veinte años. Danilo Ilić, el organizador del grupo, fue ejecutado el 3 de febrero de 1915 en Sarajevo junto con otros dos conspiradores mayores de edad. Los tres fueron ahorcados.

Cien años después del atentado, en 2014, la comunidad serbia de Sarajevo inauguró un monumento a Gavrilo Princip. Para una parte del pueblo serbio, es el héroe que Princip quería ser: el joven que disparó contra el opresor, el hombre que aceleró el fin de los imperios y abrió el camino a la Yugoslavia unificada que los eslavos del sur siempre habían soñado. Para otros —especialmente para quienes miran el resultado final, los millones de muertos, el nazismo, el Holocausto—, esa lectura es insostenible. Lo cierto es que los dos tiros que disparó cambiaron el mundo para siempre.

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