El documental “El Partido” convierte el Argentina-Inglaterra del Mundial 1986 en un diálogo intergeneracional

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El documental El Partido revive el histórico Argentina-Inglaterra del Mundial 1986 con testimonios inéditos y material de archivo. REUTERS/POOL/Ted Blackbrow

Todos sabemos cómo termina el Argentina-Inglaterra del Mundial 1986. Sabemos de la corrida de Maradona, la mano de Dios, la cabeza del humano, el grito como revancha o como gloria, el relato de Víctor Hugo como la mejor poesía escrita con la voz en el presente, el mejor gol de la historia. Sabemos incluso dónde estábamos. Y, sin embargo, El Partido consigue algo más: transforma un acontecimiento conocido en una conversación nueva.

Quizá porque el documental excede al fútbol. Habla del tiempo. Y ahí aparece algo de la esencia del cine. Una comunión de generaciones que une la matiné de 1986 y la película Héroes con esta obra que se estrena, cuarenta años después, antes de un nuevo Mundial.

Hay películas que uno recomienda porque están bien hechas. Porque tienen archivos reveladores, buenas entrevistas, una gran fotografía. Y hay otras que uno recomienda por algo más emocional. Porque abren conversaciones que antes fueron contemporáneas y ahora son intergeneracionales.

Mientras salía del cine, pensé que en esta previa del Mundial 2026 hay un plan que vale la pena: ir a ver El Partido entre generaciones. Abuelas y abuelos con nietas y nietos. Madres y padres con hijos e hijas. Ir juntos.

La película dirigida por Juan Cabral y Santiago Franco conecta generaciones a través de la memoria colectiva del fútbol argentino. REUTERS/Sarah Meyssonnier

El documental de Juan Cabral y Santiago Franco reúne por primera vez a futbolistas argentinos e ingleses, mezcla material de archivo con testimonios actuales y reconstruye el mediodía agobiante del 22 de junio en el Azteca. Lo que aparece en pantalla es un país mirándose hacia atrás: los ecos de Malvinas, los relatos familiares alrededor del televisor, la figura mítica de Maradona.

Los jugadores envejecieron. Peter Shilton tiene arrugas. Jorge Valdano habla pausado. Oscar Ruggeri se ríe como si todavía siguiera concentrando. El Vasco Olarticoechea revive “la nuca de Dios”, una salvada sobre la línea que evitó el empate inglés. Ricardo Giusti recuerda la cábala de los caramelos en medio del calor del Azteca. John Barnes mantiene esa sonrisa contagiosa con la que desbordó por la izquierda en los minutos finales. Gary Lineker revive el calor y aquel partido con una mezcla de admiración y resignación. Y mientras ellos hablan, uno entiende que el fútbol guarda épocas enteras. Yo tenía once años en 1986. El partido fue un domingo y en Argentina eran las tres de la tarde.

La historia de la camiseta alternativa está en el documental. (Photo by Jean-Yves Ruszniewski/Corbis/VCG via Getty Images)

Mientras veía la película sentado en una butaca del cine, sentí que volvía al living de mi infancia en Colón, provincia de Buenos Aires. La alfombra del living. Mis viejos atrás. El Philco modelo 1979 prendido. La sensación de que esa tarde pasaba algo trascendental. Porque para los que crecimos cerca de Malvinas, Argentina-Inglaterra era un nudo en la garganta.

Antes de México estuvo la guerra. Y antes de la guerra estuvo Rattín.

Hay una línea invisible que une aquella expulsión de Antonio Rattín en Wembley 66 con el Azteca del 86. El capitán argentino caminando lentamente hacia la alfombra roja mientras los ingleses silbaban quedó grabado en generaciones enteras como una escena de injusticia y orgullo. Alf Ramsey llamando “animals” a los argentinos terminó de construir una rivalidad que después se volvió mucho más profunda.

Y entonces llegó 1982. Muchos pibes de mi generación escuchamos primero la palabra “Inglaterra” en boca de nuestros padres durante Malvinas. La escuchamos entre radios prendidas, comunicados militares y discusiones nocturnas. Escuchamos bronca. Miedo. Impotencia. Nos acordamos que cantamos el himno antes de entrar a la escuela el día de la recuperación de las islas y nos hipnotizamos con las transmisiones solidarias para donar lo que sea para los soldados. O soldaditos, como les decíamos los niños a nuestros héroes en el 82.

Por eso el partido del 86 explotó emocionalmente. Maradona gambeteó ingleses y fue el líder profano de un desahogo colectivo. Por eso vale la pena recomendarles a los abuelos que vayan a ver El Partido. Porque van a entrar a la sala con recuerdos futboleros, pero también lo harán con una época encima. Con el recuerdo de cómo era el país en los ochenta, con la dictadura y los silencios, con las imágenes de Diego mezcladas con escenas más íntimas: un televisor prendido en el comedor, los ravioles del domingo, una radio sobre la mesa, un hijo sentado en el piso mirando el partido.

El Partido examina el impacto de Malvinas en el sentido simbólico del duelo Argentina-Inglaterra y su huella en la sociedad. Action Images / Juha Tamminen

Una de las cosas más conmovedoras que provoca el documental son las ganas de conversar después de la película. Muchos saldrán del cine hablando antes de llegar a la vereda. Recordarán dónde lo vieron, quién estaba en la casa, cómo se gritó el segundo gol de Maradona. Y los nietos, mientras escuchen, quizá descubran que un Mundial también puede ser una forma de entrar en la historia de su propia familia.

En tiempos donde cada generación parece vivir encerrada en su propio algoritmo, El Partido abre puertas. El fútbol recupera su capacidad de unir historias. Porque el fútbol es sobremesa, radio, abrazo, lenguaje popular. Los relatos sobreviven así. En VHS guardados en un placard. En un casete. En un “yo estuve ahí”. En una foto gastada. En la voz de alguien que todavía recuerda de memoria la formación del 86. Yo puedo nombrar los nombres de los 22 jugadores de memoria y qué número le corresponde a cada uno.

El cine documental trabaja sobre ese territorio. Rescata fragmentos. Les devuelve el cuerpo a los recuerdos. Y ahora aparece el propio, con los mismos protagonistas. Es que yo me hice periodista gracias a las paperas, al Maradona del 86 y a El Gráfico.

La portada de la revista El Gráfico con Diego Maradona y Daniel Passarella en la previa del Mundial.

Era junio. Estaba en séptimo grado. Mientras mis amigos seguían en las aulas de la escuela Nacional, yo estaba encerrado en mi casa. Dos días antes del debut de Argentina en México, mi papá Roberto —que además de ser mi viejo era médico— me dio el diagnóstico más feliz de mi vida:

—Tenés paperas.

La enfermedad implicaba un mes entero de aislamiento. Amígdalas inflamadas. Fiebre. Casi sin poder hablar. Pero también significaba otra cosa: ver completo el Mundial.

Mi contacto con el mundo durante esas semanas fue un televisor y los ejemplares de El Gráfico que llegaban al pueblo con demora, como si vinieran atravesando otro continente. Ahí apareció definitivamente Maradona. Pero también Butragueño, la Dinamarca luminosa de Laudrup, el Brasil de Zico y Sócrates, la tristeza final de Platini. Yo leía las crónicas como si fueran novelas. Miraba las fotos durante minutos enteros. Descubrí que el fútbol también podía narrarse. Y quizá ahí empezó todo.

En Argentina hubo generaciones enteras que aprendieron a leer con El Gráfico. A leer emociones, contextos, historias. La revista mezclaba deporte con literatura popular, fotografía con arte en presente. La revista era una ventana al mundo. Uno podía conocer estadios, ciudades, jugadores y países sin haber salido nunca de su barrio. El Mundial fue un forjador de sueños íntimos y colectivos. La película destapó otro recuerdo, diez años después.

Jorge Valdano, protagonista del documental

En 1996 yo estaba en quinto año de Comunicación Social en Rosario y tenía una sueño: entrevistar a Jorge Valdano. A Maradona quería abrazarlo. A Valdano quería escucharlo hablar. Habían pasado 5 años de secundaria y 5 años de universidad.

Entonces apareció una de esas casualidades que cobran sentido mientras pasa el tiempo. Sebastián Castro Rojas, compañero de la facultad, me dijo que Jorge Valdano estaba en Las Parejas visitando a su madre, que vivía al lado de la casa de su abuela. La abuela de Seba terminó haciendo de productora improvisada. “Sí, Jorgito los espera mañana”. Y allá fuimos. 99 kilómetros en un colectivo interurbano.

Valdano acababa de publicar Sueños de fútbol, ese libro donde contaba sus años como entrenador del Tenerife y desarrollaba su mirada sobre el juego, la belleza y la inteligencia dentro de una cancha. Para mí, fue una especie de guía futbolera. Llegamos a la casa, fuimos hacia el patio. Exterior-Día. La entrevista duró cuarenta minutos. Se grabó en una Panasonic Super VHS. Yo tenía 21 y sentía que había tocado el cielo con las manos.

Cuando terminamos de grabar le dije algo personal con algo de pudor.

—Hoy cumplí mi sueño.

Entonces le acerqué el libro para que me lo firmara.

Valdano escribió una dedicatoria breve:

Juan, con el deseo de que sepas renovar tus sueños.

Eso también hace el fútbol cuando se vuelve memoria. Renovar sueños. Por eso recomiendo ir a ver El Partido con alguien de otra generación. Porque quizá después de la película aparezca la mejor parte.

El 10 de mayo de 1996, una dedicatoria de hace 30 años que sigue viva.

La película está basada en el libro ‘El Partido. Argentina-Inglaterra 1986′, del periodista y escritor Andrés Burgo, una reconstrucción narrativa y documental del histórico encuentro. A partir de crónicas, testimonios, archivos y trabajo periodístico, la obra aborda no solo el desarrollo deportivo del partido, sino también su dimensión política, social y emocional para la sociedad argentina.